domingo, 7 de septiembre de 2008

XXIV

Pasada la euforia, tomó el saco que estaba reposando distendidamente en el respaldo de su silla, acariciando sutilmente el suelo pero sin llegar a barrerlo, enrroscó lentamente la bufanda en su cuello y, casi al mismo tiempo, como si tuviese otro par de manos, colocó la negra boina de corderoy sobre su cabello.  Hace años esa boina había dejado de ser un accesorio de su vestir, o incluso un método de protección para sus ideas, del frío exterior. No era ya, otra cosa más que el límite visible de su potencialidad y campo de acción, extinguiéndose en el último milímetro sí mismo. Era un kipá sin religión. Lamentablemente, su juventud no fue capaz de entender esta sumisión, y lo abandonó prematuramente. Y así creció, así maduró: exponencialmente y sin freno. En un vértigo constante, que sólo se contrastaba con su lento caminar y sus suaves movimientos.

No hay comentarios: