
lunes, 5 de octubre de 2009
miércoles, 4 de febrero de 2009
CLXXVIII
martes, 6 de enero de 2009
CXLII
Así relata Laura Giussani lo vivido por ella años atrás. Así podría relatar yo mismo, las irrepetibles percepciones que tuve en la tarde de hoy. Hoy los reyes no vinieron, hoy busqué a la reina (y la encontré). El caserón de la calle Conesa comenzó a desgarrarse de las frías hojas de un libro para comenzar a formar parte de mi vida, incluso en el momento en que leía su descripción. Hoy, definitivamente, es un jirón imborrable de mi historia.
Toco el timbre y, claramente, no es Lili quien abre la puerta. Es más bien un señor canoso, de mirada firme y temeraria, quien asoma su rostro por la ventana. Me acerco y tímidamente le hago un relato mínimo, de novela, y le confieso que estaba en busca del espíritu de Lili Massaferro. Carlos me invita a conocer a Liliana Belloni, segunda hija de Lili, hermana de "Manolín" (como el recuerdo lo evoca), masacrado por las "fuerzas del orden", allí por el año 1971 en el partido de Tigre. Liliana me pregunta desde la ventana si temo a los perros y, ante mi negativa, me invita a pasar. Las puertas de la calle Conesa se abrían para mi. El "Lydia" inscripto en el muro, quedaba fuera de mi campo visual, para adentrarme en la magia del mundo de Lili: en su familia.
Lo vivido dentro de esas paredes, quedó grabado a fuego en mi memoria. Lo inefable, son las puertas abiertas, los puentes tendidos. Tanto con Liliana como con Carlos, con Lili, Manolo, Pirí. Con Paco Urondo. Con Firmenich y el Che Guevara, con los Aymara o con el imperio incaico. El despertar del espíritu rebelde en las historias vividas y por vivir. En Cromañón y la militancia setentista. Todo se hizo uno en ese fantástico caserón, detenido en el tiempo. Porque allí hay más que muros, muebles y habitantes. Allí corren aires insurrectos e inconformistas, rebledes y vitales, solidarios y bien predispuestos, que rebalsan el ambiente con su áurea efervecencia, mágica y principesca. Pero fielmente, humilde.
Agradezco de corazón a Liliana Belloni y a Carlos Ballivián por la confianza y la gentileza con la que me regalaron una tarde irrepetible. Gracias también a Rosario Espina por haberme introducido hace un tiempo en el mundo de Lili, con la simpleza y el oportunismo de saber cuándo y qué libro prestar, a quien había perdido la sed literaria.
Una tarde muy mía, que es suya.
Un momento muy nuestro, que es de un pueblo.
Un pueblo que es Lili, o debería serlo.
viernes, 12 de diciembre de 2008
CXIX
Fiel a un rito, posiblemente generado a partir de la posibilidad de perder la entrada y mi vicio de querer coleccionarla, subo la de mañana. Además, ésta tiene un valor agregado para mí, ya que fue un presente de corazón de un amigo. Uno con quien compartimos locuras, literatura, guitarreadas. A quién le he dedicado posteos, y quién me ha regalado poemas. Esos regalos que no son materiales, esos que se llevan adentro, bien adentro. Los mejores regalos, me atrevo a decir. Y esta vez me regaló una regresión que hace tiempo estaba esperando; y lo hizo en el momento justo. Cuando más me aboqué a redescubrir mi corazón es cuando nace un nuevo encuentro con esos que desde chico me dijeron "Y ahora sólo un camino he de caminar, cualquier camino que tenga corazón". Y allá voy. En camino a San Pedro, en camino a un encuentro, a una sensación única y pura como sólo La Renga puede hacer sentir. Porque cada recital suyo tuvo para mí un componente extra, una cuota de magia. La magia del primer gran recital, la de la caminata eterna desde Parque Patricios, la vuelta a las canchas... Viajes únicos, de los que rescato sólo tres momentos preciados. Mañana será tiempo de un nuevo encuentro, entre lo que me gusta y lo que no, lo que estoy de acuerdo y lo que no, pero como de costumbre, caminando uno de los pocos caminos que tienen corazón. Ahora los dejo y me voy como siempre, como me gusta...martes, 11 de noviembre de 2008
XCI
Resulta ineludible ese cross de derecha que el vacío atina en el centro de nuestro espíritu, haciéndonos sentir un poco más nada, de lo que estamos acostumbrados a pensar. Desesperadamente lento fue el camino de aquel Santo hacia la meca, pero arbitrariamente opuesto, repentino y efímero fue su salto al infinito de los letargos, fiel reflejo de su paz interior. Sin lugar a dudas, eso que representa para nosotros, los mortales, la culminación de las enseñanzas, o el adiós a todo pasado, presente y futuro, fue carne en un espíritu viejo, sabio, que nunca permitió a su cuerpo ceder ante la tentación.
Encontrar la paz, parece cuestión de infinitas búsquedas, pero ¿cuán ciegos pudimos ser para no haber inmiscuido nunca nuestra ociosa búsqueda, en esos ojos que bien sabían guardarla?
Que egoísta se ve hoy, ese último “Hola!”, que aludía a mi reciente llegada a un hogar (que hoy se asemeja un poco más a una casa), encadenando lo suficientemente mi percepción, como para reconocer el “Adiós!” que su alma estaba susurrando.
Sería infantil (más que infantil, estaría bordeando sutilmente la línea de la idiotez absoluta) el dolerse de una partida que nos carga de vida, más allá de la ausencia que indefectiblemente genera. Llorar a aquel Santo que fue ejemplo de vida y que supo grabar las huellas del camino que todos deberíamos seguir, es sano, pero uno nunca debe desmoronarse sobre sus lágrimas, sino llenar mares de sabiduría bajo sus párpados goteantes.
Éste es sólo un adiós, para el Omnisciente. Para quién fuera de toda concepción social, civil o correcta, supo amar, compartir, dar, disfrutar, conocer, aprender, pero sobre todas las cosas, pacificar.
Al pacifista en su máxima expresión. Al símbolo de los que somos “parte” de la vida, y no entes autárquicas ante la belleza exterior. Al eternamente vivo…
Adiós!
miércoles, 29 de octubre de 2008
LXXVIII
domingo, 19 de octubre de 2008
LXIX
jueves, 16 de octubre de 2008
LXIII

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