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lunes, 26 de noviembre de 2012

De bombas y palabras


¿Sirve decir algo?

¿Detienen alguna bomba nuestros gritos?

Nuestra palabra, ¿salva la vida de algún niño Palestino?

Nosostros pensamos que sí sirve. Que tal vez, no detengamos una bomba, y nuestra palabra se convierta en un escudo blindado, que evite que esa bala calibre cinco punto cincuenta y seis milímetros o nueve milímetros con las letras IMI, Industria Militar Israelí, grabadas en la base del cartucho, llegue al pecho de una niña o de un niño.

Porque tal vez, nuestra palabra logre unirse a otras en México y el mundo. Y tal vez, primero se convierta en murmullo, y luego en voz alta, y después en un grito que escuchen en Gaza.

No sabemos nosotros, no sabemos ustedes, pero nosotros y nosotras, zapatistas del EZLN, lo importante que es en medio de la destrucción y la muerte, escuchar unas palabras de aliento.

No sé cómo explicarlo, pero resulta que sí, que las palabras no alcanzan a detener una bomba, pero son como si se abriera una grieta en la negra habitación de la muerte, y una lucecita se colara...

Subcomandante Insurgente Marcos. 15 - 11 - 12

martes, 18 de enero de 2011

DXCVIII: El dogma de la nada

¿De qué te exime ser fan de El Principito? De estudiar la obra de Foucault. ¿De qué te emancipa creer en los colores del arco iris, casi como una ruta de vida? De no enfrentar la realidad, de no asumir lo lúgubremente fáctico de nuestra existencia. ¿De qué, enamorarse hasta el hartazgo creyéndolo eterno? De no confiar en esos vientos que todo lo arrasan con su furia, en los ciclones que desgarran las raíces del más tenaz árbol. ¿De qué libera tanto vivir huyendo de la muerte, si es lo único cierto en nuestras vivencias, en la del otro, en la de todo aquello que por aún-no-muerto, vive? De entenderla irreversible, fatal e inoportuna, siempre.

¿Y viceversa? ¿Y todo igual, pero patas para arriba, como el mundo, como la América de Galeano? De otras tantas banalidades.

La dialéctica, mientras tanto, en ese rol de poder tan intrínseco a nuestra idiosincrasia que le hemos otorgado los hombres, nos ata a un extremo o al otro, al menos por instantes. Nos obliga a desenredar las urdimbres que han hilvanado lastimosamente, y a erigirnos sobre nuevos dogmas dialécticos. El hacer tiene lecho en el decir, se suicida cada lunes en la ruta insoslayable de volver, y en cada verdad que formulamos como una tautología que tiene sus cimientos en la hipocresía de la misma palabra que, por simbólica, engaña por su mera razón de existencia.

Si amásemos más y dijésemos menos, si anduviéramos por la vida con príncipes de capas azules y verdugos de capa caída, con amores ciertos y eternos, y sin tantos finales tajantes, si entendiésemos la contradicción como más mentira dentro de la mentira misma -y que menos por menos, siempre da más-; distinta sería la historia. Lejos de las etiquetas, lejos del querer parecer y un tanto más próximos al ser o no ser. Perderíamos el miedo a no pertenecer a una estirpe tan vacua como esnob e insatisfecha, por aferrarse cada vez más a una senda que no es la propia. Nos animaríamos a empapelar el mundo con nuestros deseos y nuestros nombres. "War is over", si así lo queremos.

Que muera la muerte y se desnutra la irracionalidad del hambre. Que nunca aprenda la incultura y la analfabetización. Que la calle sea tránsito y no morada. Que el amor gobierne el sentido del hombre, y no la codicia y la política del provecho personal. Que los vicios sistémicos se estrellen estrepitosamente contra un muro de voluntades inquebrantables, y que nuestras vidas se eleven más allá de lo que simulan representar en el universo simbólico que encarcela, tortura, mata y deja morir.

sábado, 10 de julio de 2010

DLVI: Palabras

Vastas, vacías y vanas palabras.
Vacuas, vehementes, viles.
Veneradas, temidas, silenciadas.
Superfluas, herejes, controversiales.
Castas, minimalistas, auténticas.
Despampanantes, excesivas, adornadas.
Incautas, sentenciantes, verdugas.
Salvadoras, patria, o muerte.
Honestas, encubridoras.
Tres, dos, y uno.
Últimas palabras.
Vastas palabras.
Vastas.
Basta.

jueves, 11 de febrero de 2010

CDLXV: Nonsense

El producto del hombre y el sin sentido no es otro que un mundo de significantes. Palabras sueltas, como sonidos etéreos o chirriantes: ablahémines, dorchtikovf, aregnil, jjepehuét. Así, sin más; proponiendo matrimonio o condenando a muerte. Para qué escribir, para qué hablar, para que amar sin poder susurrárselo al oido mientras duerme... Para qué, si nada tiene significado, si nos adentramos buceando en el mar gélido del significante eterno. Salir a la superficie, a veces, es abrir los ojos inexplorados de otra percepción. El poder ambiguo de la ilusión de realidad.

martes, 3 de marzo de 2009

CCII

Días atrás, un amigo me propuso escribir en este espacio acerca de la pérdida del hábito literario, del lenguaje propicio en el habla, de la ferviente e intensa búsqueda de la palabra adecuada y su (¿inseparable?) media naranja: el momento oportuno. Y no hay expresión más exacta en ciertas oportunidades, que un sutilmente enunciado: la concha de tu putísima madre. Pero no por fácil es correcto, sino por fiel. "Hacerla fácil", "ser directo", o "hablar para que todos entiendan", no son justificaciones válidas para expresarse como la mismísima mierda. Hay veces que el caso requiere una frase líneal para ser correctamente explicado. Pero hay otras, muchísimas otras, en que la fidelidad de la palabra para con el sentimiento o la situación vivida, nos llevan a hurgar en lo más profundo y recóndito de las hojas de nuestros diccionarios, y aún así podemos seguir vastos lustros sin encontrarla. Quizás eso sea lo desesperante que nos lleva a caer en las banales garras del tan enfermizamente recurrente "bolóh". Quizás no seamos lo suficientemente voluntariosos como para ser fieles con nuestros propios sentimientos. O incluso, tal vez seamos tan irrisoriamente superficiales, que preferimos seguir hablando como el orto incluso cuando la situación pide a gritos la búsqueda sutil y profunda de la palabra adecuada.

jueves, 5 de febrero de 2009

CLXXIX

Hasta Soulé se sorprendió por lo irrevocablemente perecedero de cada una de sus cosas. Decidió vivir el presente. Lo que nunca pensó, era la amplia contradicción que se estaba suscitando al momento en que tomó papel, birome, y comenzó a escribir uno de los temas más populares de Vox Dei. Y si se encarnó esa ambigüedad, fue por el afán de inmortalizar en una canción, lo más efímero de los momentos vividos. Porque eso es lo mágico de las palabras. Su poder divino de otorgar la inmortalidad.

viernes, 3 de octubre de 2008

LII

¿Alguien puede decirle a mi celular que me ayude a superar el pasado, en lugar de seguir sumergiéndome en el, cada vez más de lleno? Es todo culpa del maldito sistema de predicción de texto. Quiero escribir un simple "con", pero decide lastimarme con un "amo" ya obsoleto. Y que no se me ocurra escribir que algo "suena", porque ciertamente ese algo más bien "sueña", seguramente un futuro que ya no es real. Siempre supe que un celular iba a mantenerme atado más a mis vínculos (más, o menos lejanos), pero nunca había hurgado en el terrible desasosiego que se expresa al quedar pendiendo de palabras añoradas.

"No sueño más AMO vos..."