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martes, 4 de junio de 2013

Cables cruzados

Los días algunos son como un cable visto a pequeña escala. Cada uno de ellos es, en realidad, centenares de cablecitos hilvanados en tal abrazo que, al torpe ojo ajeno, son sólo uno. Todos son bienvenidos a componer, a su manera, el producto final de su sinergia. Los hay flácidos; también más rígidos. Está el que quiere ponerse la corona de pelos y el que se pierde entre todos los demás, inadvertido. Esos demás, también están. Gracias a ellos por hacerlo y permitirme enlazar un Fender y una Les Paul, a través de la persistencia de su abrazo.


lunes, 3 de diciembre de 2012

La estrella a la que le pasó un avión por encima


Compañera a las 15 horas. Cemento de suelo. Cimientos del cielo. Calor. Pileta entrometida. Intemperie clara de negro azulado. Avión. Satélites aptos para plena urbe. Terraza, claro. Estrella pequeña y. Titilante. Nubes cero. Avión. Avanza. A ver. Ahí va. La vida que pasa, mientras los cuerpos se cuentan cómo la vida pasa. Luna chiquita. No encandila. Luna que alumbra y no molesta. Foco en el cielo. Cierro diafragma. Estrecho el enfoque. Estrella. Sigo cerrando, sigo contando. No tres, dos, uno; sino lo que pasa mientras otros cuentan tres, dos, uno. Un mismo plano. Avión y estrella. Avión y estrella en un mismo plano. Dejo de contar. Dejo el cuento. Redoble y suspenso. Silencio…

Nervios se tocan. Avanza el avión sobre la indefensa estrellita. Avanza para embestirla. Con alevosía y, tal vez, hasta celo. Celo de ser momentáneo, envidia de lo perenne. Y lo luminoso. Brilla y titila la estrella que es víctima. Tránsito aéreo avizora tragedia. Cuentos que cuentan de estrellas eternas. Extintas por siglos y aún titilantes. Ojos de hombre que ven fantasía. Avión malnacido que extingue esperanza. Segundos. Números y cuenta, ahora sí regresiva. Ahora sí tres, dos, uno. Laringes estrechas como el blanco silencio que corta el aire. Emoción y suspenso. Tres, dos, uno. Ahora sí, tres, dos, uno. Y cuando al fin está allí; cuando al fin fuselaje estrella la estrella... Todo se funde. Avión. No-estrella. Desgarro y duelo galáctico. Velorio estelar. Es telar. Telar de la abuela quien, desde su terraza, mira a la estrella despidiéndose de su audiencia. Ve el acto final. La abuela. Ve la vuelta, el saludo, la reverencia y el hasta nunca. O el hasta siempre. Lo ve la abuela. Lo veo, yo. Lo ve, compañera.

Allí en el cielo sólo queda el avión. Avión y sus lucecitas. Pequeñas e intermitentes. Tanto como una estrella. Pobre ese avión que en semejante aventura, habría de perder una dellas. Rebelde o lastimada. Escindiéndose de sus alas. Avanza con paso vencedor. Empieza a escribir otra historia. Lento pero conforme. Avanza. Su pequeña lucecita queda en el camino. Allí donde estaba la estrella. Brillando en su posición. En suposición. En superstición. Brillando.

Deja el avión el foco de mi retina. Dejó también el de compañera a las 15. Tal vez, también el de la abuela. Desapareció. Falleció no tan heroico como la estrella. Se hundió en el lodo intangible y nunca querido de lo olvidado. En el terreno de lo que ha pasado. Pero esa lucecita. Ay, pero esa lucecita. Rebelde y desprendida. Arrebatada de su ala idiota. Volcándose al universo. Meciéndose en la galaxia. Allí permanece esa luz. La que quedó donde estaba la estrella. Asesinada por el celo de una aeronave, celosa y pasada. Pesada y pisada. La estrella, nuestra estrella; vivirá por siempre en memoria del cielo y de todo aquel que lo mire. Vivirá por siempre, por la luz y la gloria que eternizó la rebeldía de esa luz valiente, que abandonó el confort de un ala metálica, para lanzarse al misterio del oscuro Universo. Vivirá.

jueves, 19 de julio de 2012

Nicasio

–Nada más quería preguntarte si necesitabas algo; está haciendo mucho frío.

–No, gracias. Por suerte, tengo todo lo que necesito –respondió.

Así conocí esta noche a un colega de este efímero punto de existencia a través de la vida, de vuelta a casa desde el fútbol de cada miércoles. Nicasio es un tipo de unos sesenta y tantos que vive en la calle. Nicasio no eligió vivir en la calle, pero vive en la calle. Siempre que pasaba frente a esa enorme vidriera llena de muebles y lo veía armando su hogar de cada noche en el portón de al lado, sentía algo extraño. Como una mezcla de imagen fotográfica contrastante y algo de asco por lo explícito de la miseria.

Porque como dice Caparrós, hay una gran diferencia entre la pobreza y la miseria. La pobreza se vive en ausencia de bienes vitales, en un contexto en las mismas condiciones. Todo es pobreza. El aire es pobreza. Níger, el país más pobre del mundo de acuerdo a varios índices de la ONU, vive pobreza. Buenos Aires, donde el Sheraton linda con la Villa 31 encarna la miseria. La miseria planificada. La sociedad de consumo cagándosele de risa en la cara a lo que, en otras condiciones hubiese sido pobreza. Por eso la miseria es violenta.

Aún así, viviendo en la miseria, Nicasio no es un miserable. Lejos está de serlo. La miseria se la adosaron, y él tiene muy claro quién:

“Uno quiere adquirir un bien que cumple una función social, como la vivienda. Pero para hacerlo tiene que cambiar la unidad de valor por la que trabaja, pagando seis veces más, ¿o son diez?, para comprar otra unidad de valor distinta y recién ahí acceder al bien. Y ahí te vuelven a estafar. Es el sistema usurero. Construye quien tiene plata, el que tiene plata le compra y el que tiene plata te alquila", dice y concluye fulminante: "El sistema usurero le arrebató la función social a la vivienda”.

Nicasio agradece la hospitalidad y buen trato de los vecinos. “Nadie molesta”, dice, en una lamentable demostración de que el respeto parece ser la excepción a la regla. “Siempre hay alguno que otro… pero andá, seguro tenés muchas cosas que hacer”, se preocupa. Pero no. No tenía nada que hacer. Yo también tenía todo lo que necesitaba; al menos en ese instante.

Charlamos un rato más y me confesó que a quien se le acerca, intenta contarle la realidad de quienes viven en la calle. Cerró los ojos unos segundos y se metió de lleno en algún resquicio de su pasado:

“Yo tuve un problema de herencia. Mi madre tenía tres trabajos, era costurera, ayudaba a mi padre en la construcción y hacía los deberes domésticos. Murió cuando yo era muy chico, y entonces vino otra… Mi padre armo otra familia, ¿viste como es esto, no? Y vino gente buena, que ayudó. Otra no, y se quedó con todo”.

En no más que un instante, Nicasio quedó afuera de sus cuatro paredes, y afuera también quedó de su familia. Al menos de la que lo traicionó. Sin embargo es importante destacar que la familia le falló, no lo dejó en la calle. La calle es consecuencia de algo más grande que no lo amparó, que eligió excluirlo. Ese algo que él reconoce y llama el “sistema usurero”.

Me despido y me repregunta por cuarta vez mi nombre. Mauro le digo, y después de varias veces en las que intenta un Mauricio que no me alegra por asociación, decido dar vuelta la ecuación: “Acordátelo por Mauricio Macri, pero pensá para el otro lado, acordate que así no es, en ningún sentido”, intento sin suerte buscar una línea creativa de pensamiento lateral y a su vez sacarle una sonrisa. Como con una carcajada de ironía estrechó mi mano y largó: “Ese es el peor usurero que tenemos”.


jueves, 27 de octubre de 2011

Elección a distancia | 5/5

Viene de acá.
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El 50% que votó a Cristina en las primarias siente sentirlo, y muchos lo sienten realmente. A muchos les dio mucho y defienden el primer 50% de mi conversación conmigo mismo, y con Antonio y su familia. Otros le tiran a matar y se quedan con el 50% final, con la “corrupción estructural”, con las 22 propiedades que acumularon Néstor y Cristina en poco tiempo en Gallegos, con su discurso “soberbio”, con que le “regalan” cosas a los “vagos” para que los voten, entre otros encomillados más y/o menos degradantes.

Yo no sé si alguno tiene razón. Yo tengo las mías, pero no tanto estructurales. Prefiero la no-doctrina, siempre la preferí, que no me digan lo que tengo que hacer, no comprar paquetes que vienen con mierda en lugar de chocolate y la comemos igual porque el paquete reza Milka -y el paquete se convierte en nosotros-. Así elijo ver medidas, concretas y empíricas. Entender la ‘big picture’, cómo viene a significar ese panorama general, pero no matarlo ni defenderlo en su totalidad. Contribuir para mejorarlo, siempre que pueda. Incentivarlos a que trabajen para hacerlo. Sembrar semillas de duda en sus almas para que salgan a buscar respuestas. Para que amen u odien, pero sientan la revolución gestándose adentro suyo, esa llama que sabe que la única forma de lograr ese “mundo mejor”, es rebelándonos a adoptar doctrinas ajenas y conocidas.

La realidad nos muestra un siglo XXI con un progreso salvaje desplegado por Europa, y un hambre de diamante en la extensión del continente africano. Hambre. 2011 y la gente sigue pasando hambre. Eso es la prueba irrefutable de que todo está como la mierda, que la política no nos llevó a ningún lado, que la mejora “gradual” se caga en los muertos de sed y de hambre, en los analfabetos del mundo y del sabor de un racimo de uvas. Lo posible ya demostró su fracaso. Inventémonos el mundo que queremos y hagámoslo realidad.

Antonio rebota su cabeza lentamente, asiente y mira a su hija. Él sabe que el futuro está allí y su mundo se reduce a tres mientras el mío se abre a millones. Todos futuros y presentes ciertos, caminos complementarios mientras la vida te acompaña en el viaje, a veces de la mano y a veces dándote la espalda. Sonreímos y nos deseamos suerte (suerte, en serio). De su camino ni un rastro queda, tampoco del mío. Dos estelas se esfumaron en el instante del adiós y esta despedida fue una anestesia sin dolor.

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Esta historia es publicada en cinco "capítulos". 
Ver Capítulo 1/5.
Capítulo 5/5


miércoles, 26 de octubre de 2011

Elección a distancia | 4/5


Ante todo, pido disculpas a quienes me putearon con justa razón por no haber tenido constancia en publicar el final de este relato. Las vacaciones, la falta de conectividad y también de tiempo para programar las entradas, hicieron imposible subir el final de la historia a tiempo. Por otro lado, me repudio a mí mismo por haber dejado inconclusa una posición ambigua al respecto de un evento con fecha concreta -como es una elección nacional-, con sólo una parte de la historia publicada hasta entonces. Puede parecer vacío, sin objeto, pero aquí está este otro yo que fue censurado a tiempo.

Viene de acá.
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El extractivismo. Ese es el modelo. Que nos roben. Que nos cojan y se vayan, y perdamos una virginidad que no podremos recuperar jamás. Regalamos la Cordillera a las mineras transnacionales, y estos caudillos nucleados con los CEO más asquerosos como Peter Munk –el amigo de Khashoggi, el traficante involucrado en la operación Irán-Contras, Bush padre, y Aznar, ambos asesores de su compañía, Barrick Gold, la primera minera de oro del mundo-, garantizan estructuras para seguir vendiendo nuestro país, por no decir regalándolo, con el Pacto de Salta.

CFK con Peter Munk, CEO de Barrick en Canadá
Banderas: Argentina, Canadá y Barrick Gold

Acuerdos hidrocarburíferos firmados en New York con magnates universales que ponen su moneda en Argentina para que sigamos secándonos las venas y ellos se lleven los provechos.
                                                                                     
El litoral y el NOA para la expansión bruta y torpe de la frontera agropecuaria, para cultivar el país entero con soja transgénica inutilizando suelos y corriendo comunidades originarias de sus casas de toda la vida, en pleno monte. Regalando hectáreas, a monedas para empresarios locales y extranjeros –no compro el chamuyo de que la Ley de Tierras va a frenar esta expansión, va a dejar la plata en manos de empresarios sin frontera, pero anotados, años atrás, antes de leer a Maquiavelo y Adam Smith, en Argentina-.

Y ahí, el costado más horrible de la humanidad: otro genocidio, el de los pueblos originarios. En Formosa con Gildo Insfrán a la cabeza, en Tucumán, en el NOA y el NEA los habitantes nativos de nuestra gran Patria latinoamericana, son silenciados, asesinados cuando reclaman por sus tierras, corridos, perseguidos.

Recuerdo de las víctimas de la Comunidad Qom La Primavera
Antonio me mira raro, no entiende nada y sigue casi sin atinar palabra. Le digo que sí, que entiendo su desconcierto y que su móvil es lo mismo que me hace vivir discutiendo –con el otro, conmigo mismo-, por intentar mantener una independencia absoluta que sólo se responde a sí misma, a sus valores éticos, a su noción de emancipación, libertad y futuro. A la confianza en un mundo mejor sin acostumbramientos, sin “es lo que hay”, sin defender una democracia que vota con estrategia política en lugar de votar con el corazón.

La flaca se había aburrido, Clara y Antonio se interesaron, pero yo me interesé más, porque me oí hablando de mi país a 11.500km de distancia, con unas elecciones por venir, con un futuro por definirse –aunque tan tradicionalmente como siempre-, y del cual me pierdo su gesta. Pero me descubro hablando y discutiendo conmigo mismo en una misma charla de almuerzo irlandés, con los habitantes de la tierra que nos invadió primero y nos inmigró después, dándonos una fuerza productiva indispensable para salir adelante; y me sorprendo. Me alegro y antes de abandonarme y de comenzar a hablarnos de a qué hora cerraba la fábrica de Guinness, y si lo interesante que había estado el tour, me adiviné un mapa vernáculo a modo de conclusión.

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Esta historia es publicada en cinco "capítulos". 
Ver Capítulo 1/5.
Capítulo 4/5

jueves, 13 de octubre de 2011

Elección a distancia | 3/5


Viene de acá.
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La batalla por los Derechos Humanos olvidados en los setenta. Juicios, algunos mal hechos, encarcelamientos prematuros sin conocer causas –no todo milico fue un hijo de puta, como no todo monto fue un utópico ético y férreo defensor de los intereses nacionales-; pero sí, un atisbo de justicia y de derechos humanos que parecía haber quedado perdido en un pasado lamentable. Heridas comenzaban a cerrar. Ley de Salud Mental, Ley de Matrimonio Igualitario, leyes. No todo fueron decretos como se empeñan a decir algunos. Leyes, y de las importantes. Si no te parecen trascendentales, no estarás muy loco ni serás tan puto.

Bendinni baja el cuadro de Videla, por orden de Kirchner.

La batalla al campo. Era necesario entender la necesidad de no favorecer sólo a un sector que era de los más beneficiados en la exportación agrícola y aumentar sus retenciones para beneficiar al país entero, poniendo así, casi sin querer, una traba a la expansión de la frontera agropecuaria. 125 en el Parlamento, cacerolas en las esquinas más conchetas. Empate sobre la hora. El vicepresidente y su traición: el radicalismo dice “no positivo”. ¿Batalla perdida? El tema se instaló.

La batalla a las corporaciones. La re-estatización de Aerolíneas Argentinas, de las AFJP, las prepagas, una fortificación del Estado absoluta. El Fútbol para todos, llevando el deporte popular a la televisión de todos los argentinos -y siendo el gobierno de turno su único auspiciante, claro está-. La asignación universal por hijo, el intento de dar al que no tiene nada, al menos, para que cubra parte de sus necesidades básicas.

Afiches vestían Buenos Aires contra la empresa de Noble.
La batalla a Clarín. El mejor ejemplo para entender la noción de “monopolio”. Estrategia pura. Ley de Medios -no hay Cobos de por medio, esta sí sale- con amparos presentados y vigentes hasta hoy. Todos hablan de “monopolio”, de diversidad de información. No podés creerle a Spolsky ni a Magnetto, no sabés qué leer, pero al menos sabés qué no hay que leer, y no comprás sin cuestionar. Las ventas de Clarín bajan notablemente, y siguen camino al suelo -o al infierno, a reencontrarse con viejos amigos-.

La batalla por Latinoamérica. El impulso de Néstor Kirchner para la formación de la UNASUR, y su presidencia durante el primer período de ésta, hasta su muerte el 27 de octubre de 2010. Una Ley de Tierras que pretende preservar nuestros recursos de la dilapidación en manos extranjeras –no los protege, sólo los deja en pocas manos, más cercanas, pero se celebra un avance hacia la nacionalización de los recursos-.

Batallas, batallas y más batallas. Hasta volvemos a entrar en la batalla contra el Reino Unido, para que nos devuelvan unas Malvinas que territorialmente son nuestras, que fueron saqueadas, pero que si vuelven, no hablaríamos ya de Democracia sino de gobernabilidad feudo-territorial  –sino pregúntenles a los kelpers, como dice un conservativo y reacio Cameron-. 

Se leen mal esas batallas, muchas veces hacen mal –nos hacen mal-, pero muchas otras son necesarias tomas de conciencia para llevar temas clave para la evolución de este territorio preso de sus fronteras a la boca de todos, a la mesa de doña Rosa. Al escritorio de Antonio en la multinacional que me invento que trabaja.

Frondizi y Castro pasada la reunión con Guevara en 1961.
Recuperación industrial, construcción de viviendas en el interior, recuperación del “orgullo” nacionalista berreta que sabemos que no conduce a ningún lado, pero a los argentinos nos encanta. El de ponernos la diez en la espalda, sentirnos Maradona y putear a quien juege en contra. El internacionalismo no es bien entendido en este país, aunque idolatremos a un Guevara que lo único que hizo en nuestra tierra fue formarse, jugar al rugby y pedir ayuda. O ni siquiera: a Perón lo agarró en Madrid y a Frondizi en Montevideo, pero al menos después se clavó un asadito en Olivos.

Crecimiento indiscutido. La economía crece mientras el mundo cae, la demanda energética se lleva todo por delante, y el modelo empieza a mostrar la hilacha de a poco. ¿Cómo llegó a este punto? ¿Cómo sostener ese desarrollismo que levanta como bandera? ¿Qué hacer con ese productivismo supuestamente ilimitado que predicamos?

Antonio me cree un militante férreo. Pero le estoy describiendo lo que recuerdo, ni más ni menos –nunca menos-, aunque faltaban minutos para que me mire desconcertado cuando le intente esbozar mi noción de lo que ese “modelo” en realidad es.

Un modelo de centro, lejos de la izquierda, lejos también de la derecha neofascista de Macri -aunque no es tan difícil estar lejos de ese lugar sin ser un nietzscheano burgués asustado-. Un modelo que se sostiene a base de inversiones multimillonarias de corporaciones extranjeras para extraer nuestros preciosos recursos naturales con la connivencia criminal de los caudillos provinciales que responden orgánicamente a una cúpula estratégica que sale impoluta de los sucios negocios de su fuente de subsistencia.

Explosiones en mina Bajo de La Alumbrera en Catamarca.
Fuente: Traslasierra Despierta

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Esta historia es publicada en cinco "capítulos". 
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Capítulo 3/5

miércoles, 12 de octubre de 2011

Elección a distancia | 2/5

Viene de acá.
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“El país se está recuperando fuertemente desde 2003”, aventó un yo que labura para 678, almuerza con Gvirtz y Lucas Carrasco, escucha Fito desde hace poco, se erotiza con Florencia Peña y es embajador de la prédica militante. Podría haberle dicho que nos están robando la Cordillera, que no tenemos política ambiental e incluso después de Fukushima nos empecinamos con la energía nuclear, que el modelo de desarrollo no se sustenta por su carácter productivista utópico, o unas cuantas cosas más, pero eso es historia futura en este relato. Me quedé con algo más general para comenzar, que no deja de ser cierto.


Le conté de los setenta para acá, seguro lo aburrí –o no, porque, como decía, Antonio se desestructuró y se notaba más entusiasmado-. Desde la crisis económica en la que nos sumió el gobierno militar, casi salteándome a Alfonsín, metiéndome de lleno en el menemato, en la política privatista, en la venta del país, la pastilla de carbón que contiene la mierda y el culo que explota minutos después, más violentamente de lo recomendable.

Antonio me hace caras, casi sin notarlo –creo que siquiera son las caras de Antonio, son las caras de alguien más que se manifiestan a través suyo-, como desaprobando que ese tipo de política neoliberal conlleve necesariamente las consecuencias que yo describía; pero seguí adelante.

Disturbios del 19 y 20 de diciembre en Buenos Aires.
Hartazgo, no nos quedaba nada, el Estado no tenía que administrar, se inventa una “opo” aliancista berreta –con el líder menos carismático que vi en mi corta historia-, ganan y para demostrar que ese gobierno no es aburrido, para nada, le iba a tocar la pija al país mientras le robaba la billetera y vulneraba su integridad. Corralito. Saqueos, imágenes de guerra en la televisión –yo era tan chico que me da bronca, pero algunas recuerdo-. La gente ya tenía hambre, el pueblo ya vivía como el orto, pero muchos egos salieron a la calle cuando se metieron con su seguridad bancarizada, con su futuro hipotecado. Con eso no se jode. ¡Boom!

38 muertos en la Plaza de Mayo entre el 19 y el 20 de diciembre, el HSBC de traición, las corporaciones contra los intereses del pueblo, el gobierno, también, sin mixturas ni tamices. Cinco presidentes en 10 días, caos, Duhalde se establece y en su ausencia, hasta José Luis Gioja en su rol de Presidente Provisional del Senado fue Presidente de la Nación por un rato (¡Dios me salve y me guarde, María llena eres de gracia y Oh, ¿¡ahora quién podrá defendernos, Chapulín!?). Descreimiento absoluto de las instituciones, alejamiento de la política tradicional, explosión de organizaciones piqueteras, sociales y culturales, demostrando que la política estaba en otra parte -parafraseando a López Echagüe y su excelente libro al respecto-. El Estado lo reprimía, quería poder propio y no sabía como canalizar esa voluntad de cambio; sólo imponía, disparaba, asesinaba. Maxi y Darío.

Afiche de campaña de Kirchner 2003.
2003. Néstor Kirchner llega a la presidencia de la mano de Duhalde –el de la pesificación, el de Kosteki y Santillán, el de la merca; el mono relojero, el cabezón; no el de los Derechos Humanos-. El seno justicialista post-General está ahí, el entramado del caudillismo provincial debía comenzar a erigirse bajo la figura de este nuevo líder, un líder de verdad; un tipo muy hábil, inteligente, con una noción absoluta del poder, que se proponía sacar al país de la crisis y no a cualquier precio. No podría recapitular todos y cada uno de los pasos que dio el gobierno de Kirchner para sacarnos de la deuda, porque tampoco los sé. Antonio sigue escuchando atento un relato genuino y no lo suficientemente fiel como para aburrir en su densidad; yo me impresiono por su paciencia y su interés, pero claro, ahora llegaba la parte que a él más le interesaba.

Saldamos la deuda, a tomar por culo con el FMI, Néstor reavivó la industria, volvió a acercarse al pueblo, a dialogar con la gente y no a imponerle. A quien le imponía era a las corporaciones y a los opositores, cada tanto y sin piedad, pero con eufemismos democráticos. Como un médico quirúrgico, conjuntamente con el aparato judicial fortalecido y por el cual su mujer, Cristina Fernández, luchó desde su banca en el Senado cuando promovió la reforma del Consejo de la Magistratura; comenzó a cerrar heridas abiertas desde hace más de treinta años, bajó el cuadro emblemático de la discordia y reavivando la pasión popular que puso los pelos de punta a algunos y la piel de gallina a otros.

Dividió para gobernar, le hizo mal a la “unidad” podrán decir, pero en esa división unió más de lo que dividió. La noción del individualismo menemista cuya perspectiva mayor es cuándo volver a Miami o volver a cambiar el auto, pasó a ser sucedida por una militancia empedernida, a veces medio estúpida –y que critico ferozmente en otras oportunidades-, de creer en un modelo que nadie sabe bien que es pero muchos defienden. Eso, esa confianza renovada en la política y en la militancia me significa una unión por ideales, que antes no había visto. La política que estaba en otra parte empezó a militar en las filas del kirchnerismo.

Parodia del afiche de campaña de CFK 2007.
Néstor y Cristina. Los K. Amados y odiados, avanzan como en el ajedrez una gran guerra con distintas batallas maniqueas, con fines un tanto nobles y un tanto en busca de más -y más- poder. Antonio dejó de comer y me mira ansioso. En 2007 asume Cristina, con un país ya polarizado.

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Capítulo 2/5

martes, 11 de octubre de 2011

Elección a distancia | 1/5

Este último fin de semana caminé las calles de Dublin con una guía de Salamanca y españoles de toda su extensión, como compañeros. Conocimos de historia irlandesa, sus guerras, del odio a Inglaterra –compartido por escoceses y galeses, y franceses, y argentinos, y del mundo entero-; sus pequeñas sensaciones de victoria, sus largas décadas de miseria. Supimos de la hambruna, de los millones de muertos por no tener qué comer en este mundo superpoblado de recursos. La Segunda Guerra Mundial, la guerra civil posterior, interpretaciones maniqueas llevadas a la expresión de la pólvora.

La cabeza daba tumbos –y no era por resaca de Guinness ni por las ocho horas de micro y las cuatro de ferry-, trataba de meterme en esa historia, de entenderla; pero no había lugar para el entendimiento, todo era sensorial. Y no lo sentí. No tanto, al menos. Sentí más otros lugares, con otras batallas u otros resultados, seguramente por utópico más que por empático, ya que si bien de maniqueos y victorias fugaces y agonías eternas conocemos bien los argentinos; algo me urdió más al coraje guerrero de William Wallace y los soldados escoceses que a St. Patrick y su prédica, su trébol, las guerras religiosas y el Dios que todo lo vigila, verde o anaranjado.

Entrada al Trinity College | Dublin, Irlanda.
Terminamos en un bar muy pituco, típicamente irlandés, a unas cuadras de Temple Bar, y me siento en una mesa esquinada, solo. Acomodo los bártulos, agarro la billetera y me levanto a pedir la comida –un menú con descuento que ofrecía la gente del tour-. Me sirven –qué feo suena hablar de sirvientes en estas épocas; digamos, me prestan un servicio, o mejor, me ayudan-, y vuelvo a la esquina que me aguarda. Como, como como desesperado. Como como siempre, mal, angurriento, como queriendo terminar rápido y pasando vaya uno a saber a qué instancia. La mesa se llena de platos repentinamente: un español a mi lado izquierdo, mirando a su mujer y frente a mí, su hija de no más de 20. Todos de Barcelona.

La flaca estudia en el Trinity College y no tiene muchos amigos irlandeses, la mayoría son brasileros. Su familia la visita por el fin de semana, extrañan a la nena. Y su nena es tímida; parece. Monta un arte de simulación histriónicamente femenino y umbilical para el deleite de sus padres, la santa niña barcelonesa. No me queda claro cuán fiel sea la historia.

El hombre –vamos a llamarlo Antonio; como olvidé preguntarle el nombre que le impusieron de chico, le impongo uno de grande- tiene formas estrictas que iría abandonando gradualmente; le gusta la política, pregunta por el país y la situación económica actual. La mujer –Clara, mismo razonamiento-, busca la persona más que la forma, pregunta qué hago, si viajo, qué conocí. Me sorprende la obviedad del trinomio, papá político, mamá humanizada y dulce, hija timidona y voladora empedernida, estudiando lejos de casa. Me encanta.

Antonio es el móvil de esta historia; porque el yo que hoy escribe es ríspido como él –al menos por un rato-, y tiene una elección por delante que no verá más que su desarrollo y a las pocas horas, su resultado. Hablamos de la crisis europea, del orden inglés, la cerrazón parlante de sus habitantes, la cerrazón política de sus gobernantes; la poca habilidad de Grecia para levantarse de la crisis cayendo en intereses altísimos que hipotecan su futuro próximo y no tan próximo, y que no le permiten levantarse. Españistán haciéndose realidad, la burbuja inmobiliaria explotando y dejando correr la sangre tras la arteria que explota y pone en jaque la circulación sanguínea del cuerpo entero. Y, como buscando consejos, pregunta: ¿cómo está Argentina? Qué decir; si supiera el dilema en el que me estaba metiendo en pleno almuerzo, en plena capital de Irlanda, en pleno fin de semana.

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Esta historia es publicada en cinco "capítulos". 
Capítulo 1/5.

lunes, 22 de agosto de 2011

Tim: el hombre que cambió el mundo

El Mercado del Puerto siempre tiene algo para regalar, y casi siempre es en Roldós. De pasada en Semana Santa o vacación de agosto sanmartiniano, su Medio y Medio trae historias para contar. Esta vez fue casi perfecto, a tono, acorde; Tim y Gregory llegaron junto al morcipán, el chimi y a criolla, para contar sus historias en inglés. También para hacer preguntas y sacar algunas conclusiones.

Tim es de Londres, habla un muy buen castellano y es inspirador como pocos hombres. Gregory es neozelandés y tiene un rostro de película. Sus ojos metidos hacia adentro, la cara cuadrada y una frente amplia y recta que es perfecto preludio a su ínfimo cabello castaño. (Que no haga hoy hincapié en sus palabras, no significa que no me marcara con su magnífica simpleza y su empatía constante). Cada uno con su gracia, avergonzados de no hablar el idioma local, el nuestro, y que para comunicarnos nos veamos obligados a recurrir al inglés. Nosotros, chochos. Yo, delighted; practicando una lengua que deberá hacerse costumbre en pocos días.

La conversación fue de lo más variada, pero ahondó en el llamado "mundo". ¿Cómo cambiarlo? ¿Quién podría? Él, Tim, maestro o algo por el estilo. Gregory un viajante, quién sabe por cuánto tiempo; un tipo bárbaro con el que vale la pena sentarse a tomar una cerveza y hasta pasar un día del padre con asado y en familia, si quisieran ser sus hijos. Pero es aquel hombre canoso, el que en sus breves minutos de charla, me llenó de las certezas más preciadas. La que anula la esperanza para hacerla realidad.

"Ustedes, entre los 20 y los 30 años, son los encargados de cambiar el mundo", decía sin ningún indicio de duda en su mirada, mientras su dedo se clavaba como un puñal que diera vida, en el perfecto centro de mi pecho. "En los '60 lo intentaron, pero ustedes tienen en sus manos la mejor arma de comunicación que nadie haya tenido jamás; you, you, YOU, can change the world". Estaba convencido.

Y mi lábil respuesta no le daba siquiera gracia. El "I hope", le parecía banal; cobarde. Y no entendía por qué Argentina no sale adelante con los hermosos recursos que trae en sus suelos, con la hermosa gente que habita sus tierras. Me pidió respuestas. Obviamente no titubeé a la hora de decirle la falta de decisión política en la que estamos sumidos, el maniqueísmo eterno en el que estamos inmersos, el extractivismo cruel al que somos sometidos por los países del norte y sus multinacionales que irrumpen en nuestras tierras como los misioneros del siglo XV. Nos evangelizan y nos roban, y nosotros miramos la misma película tragicómica sin dejar de sonreír creyendo que esta vez los estamos cagando; que esta vez sí "estamos creciendo".

No le alcanza. Tim quiere más. Tim quiere revolución, y la quiere ya. Quiere organización desde la inmensa oportunidad que nos regalan los teléfonos inteligentes, internet y la globalización que hace que hoy todos seamos accountables, y por tanto, poderosos. Le doy la razón, pero insisto en que si bien el medio está dado (siempre los medios están dados), falta el contenido para llenar ese enorme potencial que pueda alzarnos en la cúspide de nuestras libertades. Nos falta visión a largo plazo, coraje, romper esquemas dogmáticos. Aventurarnos a lo desconocido.

Tim sonríe y me mira -nos mira-, y dice: "You are an intelligent young man, you speak two languages, you know what is it about. Take care of your lovely girl, go out there and change the world; I know you can".

El Mercado volvía a teñirse del celeste azulado de la nostalgia, el gaucho entraba con su guitarra, las seis cerraban las puertas, y el mundo seguía allá afuera, no muy distinto que siempre. El mío seguía acá adentro; irreconocible.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Cambios para un trienio

El último domingo, en pleno triunfo del PRO en el ballotage porteño, este espacio cumplió tres años de constancia y me agarró hablando de política. En aquella primera entrada hacía alarde de las creencias, del dogma que puede llevarte al olvido; y como clavado en una cruz amorfa, tres años después, seguí hablando de lo mismo.

Pasaron estilos, formas, máscaras y puentes; pasaron colores e imágenes, ráfagas y brisas. Pasó la tragedia, pasó el amor. Y volvió; con fuerza, uno y lo otro. Porque así andan nuestras existencias, pasito a paso, sobre la tierra del camino, con un sol que arde, un frío que anestesia y el viento... el viento que todo lo empuja.

Hoy es tiempo de dedicarme un nuevo adiós: el adiós a la cuantía. No más numerología en el titular de cada expresión, sin importar la forma que luego adquiera. Deja de existir el antes y el después, porque comprendo que en este lugar, como en el cielo, todo es ahora. Todo está y deja de estar, al mismo tiempo. Todo se subyace y, a su vez, se magnifica gracias al impulso recibido por la interrelación de los factores.

El pasado que no quiere ser contado alimentó este presente sin fecha ni nombre, que es hoy y que es ahora, para perpetrarse para siempre en los ocasos del mañana.

Empecemos juntos a escribir otra historia. Una que vivirá por siempre.

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martes, 28 de junio de 2011

DCXXVII | El tesoro de Lucrecia

Lucrecia sabía amarlo. Lo amaba por delante; lo hacía por detrás. Su pasión se encarnizaba en el ardor de las heridas, las de él, cuando sus uñas, hace tiempo, aprendieran a escribir poesía en sangre. La mirada le vomitaba el ardor de la comedia idílica del enamoramiento, pero sus pasos eran firmes como los de un soldado; como los de una princesa etérea que naufraga los destinos más inciertos por la acuarela del ocaso mediterráneo.

Martín lo sabía bien, quizás por eso siempre sonrió de costado. Mezcla de ironía y satisfecha soberbia de creer que todo en la vida, siempre, estuvo su alcance. Tan de costado reía, que vastas fueron las oportunidades en las que la sonrisa estuvo a punto de escapársele del marco del rostro; pero no, jamás se atrevió a emprender el viaje. Será, quizás, que él también supo amarla, tanto o más que a la inversa. Comprendió, aunque socarronamente, que no hay reino inconquistable si es con su compañía, no hay metas que de soslayo se le escapen a sus pasos, si de su mano es el idilio el jirón que pende.

¡Haya luz, en el conjuro maléfico del destierro! Parid lo obscuro, cuando la vista encandile al paso. La historia de Martín y Lucrecia, del amor desconocido, de un imán de manicomio, de manos martirizadas y manchas en las pestañas. Roces. Indelebles, como inasequibles. Trombones y gaitas chirrían en el Sol cuando las palomas vuelan alto. El tiempo en que los gritos son bandera y la historia cambia de mano. Allí anda el tesoro, vagando como aún oculto a la vista de todo el mundo. Encontrado ya por él, descubierto antes por ella. El suspiro que se va ahogando refulge por el encuentro. La otra cara del mundo, la cruz, queda hacia arriba.

Abre los brazos, hijo: vine para quedarme.


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lunes, 23 de agosto de 2010

DLXXVII: Carrera al sol

Recuerdo aquellos tiempos de libros prestados y desafíos tan inconducentes como jugarle esa carrera al sol que se filtraba por la rendija de mi ventana, ya con ojos orientalizados, con el fin último e impostergable de leerte de corrido. Renglón tras renglón, descubrirte se hacía insoportablemente cruel. Cruel por la lejanía, por esa física distancia ante semejante cercanía. Esa misma que, tanto como el amor, desgarra el pecho sin hacerlo veramente, sin bendecirnos con la extremaunción, librándonos así a toda una vida de incertidumbre, soñándote conmigo y sabiéndote aún ajena. El desafío no era al sol, el desafío era a tu abrigo, a tus brazos como tenazas enalteciéndome -y anidándonos- en un amor inclaudicable. Te leo repetida y me enloquezco por sentirte. Por apretar esos dedos una vez más, por rozar bajo la frazada del invierno nuestros cuerpos con tan poco miedo, con tan pocos límites. Quiero jugarle una carrera al sol, y ganarle por añares. Ser la liebre que, sin pausa, cierra el libro y sigue leyendo. Ahora otra historia, una cierta. Una con vos.

domingo, 15 de agosto de 2010

DLXXI: Semillas de primavera

No tengo necesidad de escribir, me invento. Me invento necesidades y momentos porque prefiero inventar a tener, y soñar a cumplir. Elijo escribir porque antes -sin saber desde cuándo, como en un sueño-, te elegí a vos. Y sentí reciprocidad en el encuentro, en las miradas. Tras los áureos crujidos que regaló este otoño, fue llegando la gelidez del miedo. Ese distante, encubierto y malicioso, que alejaba el invento de toda realidad. Y ahora te escribo, porque te siento. Pero no así aquel momento, siempre detesté forzarme. Encuentros simétricos, lugares comunes que se tornan trillados y a la vez, perfectos. La dulzura de tu compañía en cada encuentro, aunque con dos lágrimas de fernet para no aventurarnos a cruzar el umbral; y morir más allá del espejismo, sin llegar a penetrar otra realidad posible. Sin sembrar en ella, o en mí siquiera, esa primavera que florece de a dos, al menos una vez al año. Sin amalgamarnos en la rosa que crece vertiginosa, sin aventarnos de clavado a un futuro distinto al que imaginamos.

sábado, 7 de agosto de 2010

DLXVIII: El Reino de las Soledades Andantes

Frágil, la memoria del caleidoscopio amalgama soledades en un idéntico plano temporal. Aquí y allá, hilvanados en el cronos de lo inalterable, recordándonos extintos pero aún vivos. Nuestro árbol bajo una intensa lluvia de verano, torbellinos de mi hojarasca en las primeras horas de tu septiembre. Reflejos solitarios del otro lado del espejo, verdades derrumbadas junto a los disparos de la memoria y el jazmín de tu paraíso. Despertares de una plaza, cómodos y congelados, que arremeten con vehemencia ante las dudas del zorzal. Cantan en lenguas extrañas, los dominios de las soledades andantes.

viernes, 30 de julio de 2010

DLXIV: El Admirador

Ramiro admiraba todo aquello que su falta de voluntad no le permitía hacer propio. Miraba al mundo con un tenue dejo de ilusión, mientras hurgaba en sus bolsillos la pelusa del tiempo y el desuso. Vivía anclado a un pasado que el corazón y sus cicatrices, se empeñaban en recordarle. El gris retrovisor lo deleznaba constantemente a la extinción de toda epifanía, de algún nuevo paraíso perdido. Recordaba con persistencia el perfume de sus cabellos, uno a uno, sus abrazos, extasiándose en la dulce canción de sus suspiros junto a la almohada, las pestañas enredándose bajo el haz de un televisor en tercer plano. Siempre un extra en el film del mundo, y el rodaje indetenible. Pero claro, fiel testigo. Admirador.

jueves, 24 de junio de 2010

DXLIX: Confesiones de invierno

Ansias de explicarte, un sentimiento inenarrable y tan ajeno al entendimiento. No habrá mejor lugar para realizarme, culminarme y hacer cumbre en mi sensación etérea de querer conocer un poco más. O de estar, y decir te quiero. Necesidad de independencia, libertad inmaculada. Compañerismo reciente de sangre cristiana en rituales hindúes. Guitarra y resurrección. Quizá elija el lugar menos frecuentado, el que apuesto que no se encuentra, para que el destino depare si una visita repentina vuelve a hacerte caer, y puedo decir sin miedo, sin represalias, sino como algo real, momentáneo y sentido. Querer estar, un ratito, para acompañar el dejo gris de esa mirada sufrida que dicta con los latidos y redacta los versos más tristes con sus pupilas. Nada más, sólo eso. Un invierno menos frío. Entre el vino y otras noches, menos tímidos, quizá hasta un poco menos borrachos; siempre entre colchones literatos sobre el parqué, pirámides de agrio vidrio y la esperanza cansada sobre el marco del porvenir.

jueves, 22 de abril de 2010

DXVII: Suficiente

Anastasio era autosuficiente. Estaba siempre lo suficientemente borracho o lo suficientemente drogado como para no entender si el derecho iba después del izquierdo, si era al revés, o los dos pies debían moverse al mismo tiempo. Siempre estaba lo suficientemente enojado. Pero en ocasiones, la supremacía de la situación por sobre su circunstancia individual lo llevaba a sentirse lo suficientemente tranquilo. Se despertaba con un café, con el sol a 90 grados, se revolcaba y volvía a dormir. Sacaba la guitarra del estuche y la enchufaba al JCM900 que tenía en la esquina de su pieza, justo al lado de la ventana. Todos los potenciómetros a 10, lo suficientemente fuerte, y un whisky lo suficientemente cargado para arrancar la mañana -el café era más ayer que hoy-, y rockeaba un la mayor cuadrado que solía acompañar con un gritito agudo bastante femenino o solitario. La tanga blanca que había tirada en el piso siquiera lo inmutaba por conocer a su dueña.  Nunca supe si el día seguía, si leía a Kerouac, si agarraba el diario, prendía la tele, jugaba al PlayStation, prendía la computadora, escribía un poco o se desmayaba al sol. Nunca supe si quiso otra vida, ni si viajaba de tanto en tanto a charlar con su espíritu a algún valle despojado de culturas y propiedades, de eufemismos sígnico-sociales y de pandemias honoríficas. Sólo sé que los acordes se seguían sucediendo, a veces con cierta melodía, a veces disonantes. Pero sonando; y sonando fuerte. Hasta que el sol se fundió con la luna, se desenmascaró la cruda realidad de que son la misma persona, y el cerebro le hizo un cortocircuito irremontable. Sólo por eso fue que un día el show no continuó. Pero la canción, la canción siguió siendo la misma. Lo suficientemente inquieta, utópica e idiota, como para persistir más allá de su existencia. Suficiente suficiencia.

sábado, 23 de enero de 2010

CDIXL: Los setenta

Los setenta tienen ese no se qué, esa textura tan ríspida que lastima. Son algo así como los besos de Judas con lengua de gato, darle un instante es dejarlo marcharse y vencer el cariño a tus espaldas. Montado a la baranda, las noticias titulan “gato suicida salta de un balcón”, mientras se relame el vientre en el aire, a un desliz, una caricia, de todo aquello. Salta al balcón del vecino y el beso Iscariote se anega en el pasado, que no se imprime ya en su recuerdo etéreo. Y el 2010 se ve tan lejano, con sus bases de datos y empirismos inscriptos en las memorias inextinguibles de sus ordenadores, que la traición pierde su encanto. Los setenta lamen el culo del gato vecino. Su reacción: las garras filosas y los pelos erectos en su lomo. Pero vuelve a saltar, como si nada. Y todas las garras, y todos los pelos -y hasta los dientes que no percibimos-, nunca existieron. Como la vuelta a casa, la aspereza de su cariño y la leche para el gatito.

jueves, 21 de enero de 2010

CDXXXVI: Pasaje hacia los anillos de Saturno

Ella le pidió que doblase en la esquina y detuviera el coche en algún portón poco transitado. Sin reparos, obedeció. Aminoró la velocidad a paso de hombre y rozando el cordón diestro de esa calle siniestra, detuvo la marcha. Cruzaron una mirada desbordante de dudas e impertinencias, mientras su deseo ya naufragaba mar adentro del celeste de sus ojos. En un rapto de salvajismo, sintió la pasión hacerse verso. Dejá florecer la lujuria engayolada que te carcome esa moral, tan ajena; le dijo, penetrando sus ojos con firmeza. Hacé carne tus palabras impúdicas y efervescentes en la euforia de la noche; tomá las riendas de nuestro destino y violame despiadadamente en el asiento de atrás.

El aire lascivo cortaba como una navaja recién afilada y sus ojos de cielo comenzaban a arder en el fuego del infierno. Mordiéndose fuertemente el labio inferior, sus pechos aterrizaron con vehemencia sobre los latidos de su víctima conciente, mientras los labios desquiciados le inundaban la yugular. Su mano derecha, como por arte de magia, ya había desabotonado el vaquero y apretaba con estricta rigidez todo intento de virilidad que esgrimiese su amante, su víctima, su contrincante. Lo aventó en el asiento trasero, ya con las caderas desnudas, y corriendo la pollera se fregó, húmeda y latente, contra su olfato y su lengua. Una señora que volvía de la tienda, vio el auto inquieto, tambaleándose como epiléptico en plena calle y giró la vista. Para entonces, ella le arrancaba mechones de pelo y clavaba como una vampiresa sus colmillos en el cuello húmedo de aquel ser rígido, casi inerte que la penetraba una vez tras otra, precipitadamente, subyugado por el repiquetear hostil de sus caderas. Los gritos se oían en perfecta sintonía con los saltos del automóvil, y el celo vigoroso de la pasión, despertaba la envidia del letargo ajeno y vecino, que cerraba las persianas de sus casas de familia ante semejante espectáculo -del que jamás, y lo sabían con vana resignación, serían protagonistas-.

Las respiraciones apresuradas se hacían una, y él comenzó a apretarle duramente las muñecas, a clavarle las uñas, a desangrarla. Pero no había caso, ella no estaba allí. Ya había viajado a los anillos de Saturno, mientras él le inyectaba el semen de sus pasiones, del desenfreno y su famélica lascivia, sembrándola de vida sin percibirlo.

Sus espíritus se fundieron en la dimensión quinta, danzando un vals estrambótico y tiritante, con sus sexos imantados y agonizantes. Sólo lo inexacto de las agujas de un tiempo tan infiel como objetivo, pudo imaginar si el gallo cantó tres veces, o el alba los aguardaba; para entonces, la madeja de sus blondos cabellos y la sangre coagulada de los rasguños febriles, retrataban el vestigio perfecto de lo que jamás existió. De un pasado ya incomprobable, obsoleto e irrepetible, que se inscribía en la biografía no autorizada de dos prójimos, extraños.

Doblá media cuadra a la derecha y dejame. Gracias, nos vemos; y pegó el portazo. Ah, dijo volviendo sobre sus pasos, no me llames. Asintió con un suave gesto, puso primera y se perdió por la avenida más larga del planeta.