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jueves, 6 de mayo de 2010
DXXX: Iberá, o verá!
Hace tiempo, una guitarra me inspiró a quedarme. Estaba por aventurarme a Jujuy, y en Talcahuano me sorprendió una SG maravillosa, que me susurraba al oído que lo mío era tocar, no hacerme el zen en el NOA. Hoy, años después, el símbolo soñado, como ícono musical, llegó; se concretó. No en forma de SG sino de Les Paul, mejor aún, un sueño elevado a la máxima potencia a la hora de su ejecución. Vi a mi alrededor toda la materialidad que en algún momento quise, y dudé que ese fuese mi motivo de felicidad. Así surgió repentinamente, como esas cosas que tanto vale la pena vivir, escaparme al Iberá, conocer una de las reservas de agua dulce más importantes del planeta, vivir entre los bichos por unos días, into the wild. Tambaléandome, para no perder la costumbre. Será meter la cuchara un poco en cada torta. Será todo y también será nada. Y todo con su espíritu. La Les Paul para rockear las calles porteñas con mis amigos, con los gustitos de una vida compartida y urbana de la que aún no aprehendí a escapar. Los borcegos, para inmiscuirme en la realidad real, donde no hace falta cultura, ni notas, ni nada más que la contemplación y la capacidad de oir la paz adentro y afuera. O al menos, así lo creo... Les cuento a la vuelta.
Publicado por
Mauro Fernández
a las
1:12
lunes, 5 de enero de 2009
CXLI
Hay sentimientos que este otro trucho aprendiz de Discepolín, no puede redactar. Hay canciones que por simples que parezcan, no cualquier ejecutante hace sonar. Hay historias pre-escritas, que algunos cobardes transeúntes de este lapso encarnado, no tienen los cojones de caminar. Y perseguidos por la escuálida, maldita y siempre apurada aguja roja, los zapatos van quedando fuera de talla. Las plumas, con destino ajetreado por los vendavales urbanos. Ráfagas ajenas que no las dejan ser, ni mojarse en tinta para eternizarse en un papiro. Las oxidadas cuerdas de acero, ya no emocionan ni al más arrabalero y melancólico curda de los bares de San Telmo. Por mi alto grado de honestidad debo confesar, sin saber si hay una vida después de la muerte, que hay una muerte después de la vida. Quizás incluso dos. Y que hay que disfrutarla aunque debamos tocar guitarras viejas, escribir sobre la piedra o andar descalzos sobre un asfalto hervido.
Publicado por
Mauro Fernández
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3:03
lunes, 3 de noviembre de 2008
LXXXII
¿Abrieron los ojos alguna vez? No, no estoy siendo metafísico eh, pregunto si alguna vez se dieron la libertad de hacerlo y sentirse plenos. En mi caso, encontrarme con la mirada puesta en un sol radiante y con una guitarra encima, puede ser objeto de deleite. Hay sensaciones únicas, que no se reemplazan ni cambian por nada del mundo, y esa es una. Una guitarra, sin importar los casi siempre ausentes Fender, Rickenbacker o Gibson en su clavijero, puede llenar el alma, tanto del ejecutante como del público presente. Y no hablo de público en cantidades masificadas de crowded stadiums, rebosantes de histeria adolescente y nenas húmedas e insenstas que ven en un músico con cierta popularidad, la pieza perfecta que encastre en el rompecabezas de sus histriónicas y vacías vidas. Hablo de un público que se permita escuchar e interpretar cada sonido. De un cómplice de viaje, un copiloto hacia el mundo de los acordes, donde las palabras flotan y tienen una carga más fuerte que cualquier postulado, por su carácter de inmortales y omnipotentes. Seamos cómplices. Acompañémonos en un trip hacia ninguna parte. Porque muchas veces, ir en trenes por no tener a dónde ir, resulta mucho mejor. Porque así y sólo así, sacamos el foco del destino final y vivimos el viaje como lo que realmente es: un viaje.
Publicado por
Mauro Fernández
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10:00
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