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viernes, 6 de enero de 2012

Universos islas

"Vivimos juntos y actuamos y reaccionamos los unos sobre los otros, pero siempre, en todas las circunstancias, estamos solos. Los mártires entran en el circo tomados de la mano, pero son crucificados aisladamente. Abrazados, los amantes tratan desesperadamente de fusionar sus aislados éxtasis en una sola autotrascendencia, pero es en vano. Por su misma naturaleza, cada espíritu con una encarnación está condenado a padecer y gozar en la soledad. Las sensaciones, los sentimientos, las intuiciones, imaginaciones y fantasías son siempre cosas privadas y, salvo por medio de símbolos y de segunda mano, incomunicables. Podemos formar un fondo común de información sobre experiencias, pero no de las experiencias mismas. De la familia de la nación, cada grupo humano es una sociedad de universos islas.

Las puertas de la percepción
Aldous Huxley

sábado, 24 de diciembre de 2011

Las otras navidades


Si el infierno tiene sucursales, está claro que el Alto Palermo un 23 de diciembre, último día hábil pre-navideño y en el preludio de la “Noche de los Shoppings”, es la más concurrida y fiel a lo que éste será por ahí abajo.

Como en un clericó preparado para acompañar el pan dulce y los mantecoles, gente de todas edades, estratos, colores y presupuestos, compraban a último momento, faltos de previsión o de tiempo, algo para sus seres queridos que ni se imaginan la locura a la que han sometido a los suyos.

Esos seres rojitos, medio enanos pero crecidos por magia del shopping, que interpretaban loas navideñas, villancicos y otras canciones, cada tanto metían un vuvucelazo ensordecedor y gritaban por un megáfono que comenzaba el 30% de descuento en Rapsodia. Se desataba la locura. Me sentía en “Mi pobre angelito”, no sé por qué, pero algo me llevó a sentir extra o protagonista de una película hollywoodense. “¡Tres, dos, uno… Nos vamos de Rapsodia!”, y seguían “¡Ahora el 25% en Etiqueta Negra! Vengan los hombres; vamos que hay 25% de descuento para todos ahora en Etiqueta…”. Pánico y locura en Palermo.

Todo giraba, ya de Hollywood pasaba a estar inmerso en una de Kubrick, los sonidos me aturdían, las luces me encandilaban, la gente me enervaba. Es sorprendente lo que la imitación de costumbres anglosajonas, las peores, pueden traernos a estas tierras; pero ojo, todo endosado por el Gobierno Nacional y sus feriados del consumo eterno. “Para consumir hay que tener tiempo”, me susurran al oído, y claro que es así. Nada de viajes, nada de días libres, nada de terminar el libro que habíamos comenzado y el trajín de la rutina no nos dejaba terminar; no no, es fe-ria-do, ¡a com-prar!

Ese tipo de gente, la gente de shopping, es extrañísima. Me recordó un poco a Londres y otro poco al Mercado Central. Somos una mezcla divina de torpe estilo exhibicionista con berretada de Narciso. Gente que parecía recién bajada del escenario, otros a punto de subir, muchos que tendrían –seguro– sus asistentes de vestuario, sus personal-trainers, sus vidas tan imperfectas como todas, aunque mucho más lindas; y hasta algún que otro empleado más para mantener toda la vidriera a tono. Entre este menjunje amorfo no puedo identificar figura alguna que se destaque, no tengo historia que contarles, más que mi generalista impresión de la masa idiotizada y lista para el show en la vidriera al estima del prójimo, tan objeto-comprador como objeto-comprado.

Salgo, media cuadra hasta la esquina y miro. Empiezan a aparecer otras navidades.

Junto al cesto de basura de Coronel Díaz y Santa Fe, un hombre vestido sólo con una bolsa de residuos negra, a modo de túnica real, barba larga y prolijo cabello negro, saca un vaso con restos de Coca-Cola, huele y mezcla con el resto de café Starbucks que tenía en la otra mano y que habría encontrado hace instantes en algún cesto anterior.

Para algunos, "Papá Noel" se fue de vacaciones
Se ve espléndido; como muchos de ustedes, culpables como yo, se verán esta noche al lado del árbol y sus regalos, del pesebre y el nacimiento de la esperanza. Ingiere ese cóctel letal, suicida, y sonríe como si hubiese encontrado la fórmula perfecta entre el Latte y la Coca. Se siente observado, camina entre la gente y viene atrás mío. Repite la búsqueda pero esta vez no encuentra nada. Sigue su marcha. Creo que él no era el hijo de Dios, no me tomé el tiempo para preguntarle.

En la otra cuadra, una pequeña librería me llama la atención. Entro. “Montoneros: la soberbia armada” me pega un grito y me dice que es un gran regalo de navidad para mí mismo. Pienso dos veces cuánto me va a costar conocer la versión de Giussani –Pablo; al respecto, ¿alguien sabe si es el padre de Laura, o algún familiar?– al respecto de un pasado tan vigente como pocos, aunque es tan sólo una trampa de la razón para demorar algo que indefectiblemente iba a ocurrir.

Mientras espero que otros hombres compren sus libros, veo paradito, ahí como si nadie lo notara, perdido entre las montañas de otras historias, el libro de Jon Krakauer que siempre había querido conseguir: “Hacia rutas salvajes”. Sí, dos meses de la vida de Chris McCandless hechos papel, minuciosa investigación periodística convertida en novela y absolutamente apasionada sobre un destino tan mortal como el resto, pero con una búsqueda que lo hace único. Lo agarro, pregunto el precio de ambos –¿por qué?– y los llevo. El hombre de al lado apenas susurra “qué buen libro”, cuando la novela de Krakauer se le asoma, y me da otro vendaval de aire fresco, otra Sudestada lejos ya del Katrina yankee de hace dos cuadras. 

La empleada le pregunta: “¿Usted es Mauro Fernández?”, a lo que interrumpo y doy la negativa, afirmando que ése soy yo. Dos segundos después, pensé en las trampas del destino y en mi inequívoca respuesta, como si Fernández fuese un apellido poco común y Mauro “mí” nombre y de nadie más. Le comento esto a mi compañero de fila, ríe, asiente, y emula un encuentro de tocayos absolutos. Le dan los libros al Mauro Fernández que no soy yo –ni él–, y al mismo tiempo que da la media vuelta de regreso a Santa Fe, me dice: “Chau, Mauro. Feliz Navidad”. Feliz del encuentro, compro uno más, ahora de Walsh, “El violento oficio de escribir”, esta vez para regalar, y dejo ese salón de bellos encuentros en la memoria.

Ya en la calle, y ya entrada la noche, me encuentro cada tanto con aquel yo que no soy yo y nos ignoramos, como por regla matemática, sabiendo que todo estaba ya dicho; cualquier otra palabra arruinaría la nada que habíamos construído. 

Me siento en la puerta de otra librería, en la cuadra siguiente –a tres de la mejor sucursal del averno que ya para estos tiempos habría recibido centenares de nuevos fieles–, y empiezo a leer la historia tantas veces vista de McCandless –ese nombre que me remite siempre a vela apagada, a luz extinta, a Candle-less–.

Apenas en la página 16, un muchacho interrumpe mi lectura y me saluda, pidiendo perdón por lo primero. “¿Qué estás leyendo?”, pregunta mientras se pone en cuclillas al lado mío. Cierro el libro y le muestro la tapa, mudo y expectante, con cierto desdén aburguesado a la espera del pedido de plata, un pucho, o la oferta de vender algún ácido extraño. Nada de eso ocurrirá.

El muchacho, un pibe como vos o como yo, luego de buscar un rato en su bolso, saca una hoja de papel escrita y pregunta si puede regalarme una historia. “Sí, claro”, le digo ya con los ojos iluminados y declarándome culpable por las nubes sobre mis sentimientos. “Bueno, muchas gracias, ¿fuego no tenés, no?”, pregunta. “No, no fumo, disculpá”, respondo, y me extiende la mano para saludarme. Le agradezco nuevamente, y le pregunto su nombre. “Alejandro”, sin precisar nada y vuelve a intentar perderse entre la multitud. Lo interrumpo: “¿No tenés algún lugar donde pueda encontrar más escritos tuyos, o algo? Algo en internet, no sé…”. Alejandro responde, tan preciso como la muerte: “No, por ahora nada, pero capaz algún día me haga un Facebook o algo; Alejandro Benítez es mi nombre, por si algún día me lo hago”, con el mismo vicio que yo de pensar que sólo hay un Alejandro Benítez sobre la faz de la tierra o del Facebook, que a esta altura, ya casi es lo mismo.

Así Alejandro se perdía y me dejaba ahí con su historia llena de amor, de abrazos, de ganas de encontrar, de lástima de no saber, y de robarle una sonrisa al destinatario de sus palabras, bajo el título a modo de carta, “cómo escribirle al vino”. Un enigmático número ocho se imprime en los márgenes izquierdos, superior e inferior. Un disparo al corazón que estalla dentro mío como bomba de racimo, pero con plumas y cantares, con otros aires, con buenos aires y tantos otros no-lugares. Me dejó maravillado y tuve que dejar ahí las páginas de Krakauer que retomaría recién hoy, para seguir sorprendiéndome con lo que Sean Penn no contó en su película.

Volví en el 39, pensando absorto en todas las navidades que andan por ahí vagando sin que uno se dé cuenta. Ví una de estrés pre-traumático a los gritos y corridas en el shopping que fue calvario, una de soledades y bebidas que ni asoman a la sidra Real que muchos hoy despreciaremos, una de encuentros, sonrisas y tocayeces, y una más del regalo más lindo que tiene la navidad: lo inesperado, el tiempo y la tinta, el animarse, el “disculpá que te interrumpa”, y la incógnita de un Benítez que ni aunque se haga el Facebook volveré a encontrar. Y mientras escribía estas reflexiones, me encuentro con una más; con una compañera de La Rioja, integrante “líder” de las listas negras de las mineras más poderosas que operan en el país –literalmente, aunque resulte increíble–, que actualizaba su estado de Facebook con las siguientes palabras:

“Estaba pensando que las Fiestas se convierten en momentos de estrés cuando el centro de atención lo depositamos en la comida, los regalos, o en tener que compartir con gente con la que no tenemos ganas de hacerlo. Sería bueno disfrutarlas haciendo lo que nos gusta y no lo que nos imponen por costumbre!! Declararse vivo, tiene que ver con sacarnos las máscaras y ser auténticos aunque a los demás no les guste!!! Salud para todos y atrevámonos a buscar día a día la felicidad!!!!!! La VIDA espera por nosotros!!!”

Te tomo prestada las palabras, Carina, y me voy a vivir mi navidad, a conciencia de todas esas otras, mucho más lindas, mucho más frías, mucho más hipócritas, mucho más reales, o mucho más lo que sea. Sean felices, y si el pie del árbol no les tiene preparada ninguna sorpresa, reciban un abrazo cálido desde este punto del mundo que, por insignificante e increíble que parezca, ustedes ya me lo han dado por el simple hecho de existir.

martes, 6 de julio de 2010

DLIV: Píxel

El único problema es el cristal. Carmesí, sepia, ocre, lento degradé. Efecto doppler del sentimiento ondulante, reactivo a los impulsos, inyectándose del mundo en nuestra vida. Un blanco y negro casi constante, gris eterno en otros tonos. Juego de luces y de formas. Encrucijadas semánticas, cruces predicativas, yuxtaposiciones significantes que resultan, paradójicamente, insignificantes. Cuando el sexo se vuelve pernicioso; la pasión, pura lascivia; el amor, mundano y soslayable; el cristal se empaña. Crisis a cuatro colores, múltiples puntos de fuga, sentimientos simétricos y pixelados, lejos de la auténtica retórica de la imagen. Nos convertimos en un píxel. Un píxel gris, cúbico y andante, que deambula ausente por un mundo diáfano sin razón ni corazón. 

miércoles, 23 de junio de 2010

DXLVIII: Percepción del Iberá

El arpegio perfecto para remontar la cometa de la tierra. Horizonte a cuatro vientos, entre esteros pisa el hombre, tan parasitario y febril que puede quizás contaminar la bosta misma, con sus halos de mordacidad intolerable. Hombre es también aquel poblador de facón en la cintura, sólo sabe compartir hasta la energía que le falta, el mate que nunca tuvo. Fragmentos de la historieta de ser y pertenecer; de estar soñando o repensar sueños despiertos. Arpegios de Vedder acercan a la concepción de lo primogénito, del espíritu libre que sólo es esclavo de su propia ignorancia cultural, tan inmensamente libre fuera del mundo de los muertos que la metrópoli aglutina, entre tumbas de ochenta pisos y epitafios de licenciado. Respiro de golondrina, atravesando inerme la madeja de ensueños y reflejos que regalá el Iberá. Paz y perseverancia, subyaciendo el manto de la guerra territorial. ¿Por qué será constante la defensa de la belleza? ¿Por qué será que la bruja malvada de Disney, toma formas impensadas y quiere hurtar la manzana más preciada? Será quizás la envidia del pez gordo sin ingenio, que escatima en sentimientos y desborda vicio ineludible para su misma angurria de santificación. Vuela el chajá, vuela sobre un alambre ya caído por las fuerzas de la naturaleza; renace el yacaré del estero sublevado. Danza bello corcel, libre como el viento de correr hacia la eternidad.

jueves, 11 de febrero de 2010

CDLXV: Nonsense

El producto del hombre y el sin sentido no es otro que un mundo de significantes. Palabras sueltas, como sonidos etéreos o chirriantes: ablahémines, dorchtikovf, aregnil, jjepehuét. Así, sin más; proponiendo matrimonio o condenando a muerte. Para qué escribir, para qué hablar, para que amar sin poder susurrárselo al oido mientras duerme... Para qué, si nada tiene significado, si nos adentramos buceando en el mar gélido del significante eterno. Salir a la superficie, a veces, es abrir los ojos inexplorados de otra percepción. El poder ambiguo de la ilusión de realidad.

martes, 5 de enero de 2010

CDXXIV: La risa

"Constituye un elemento poético y filosófico, que escapa de lo cotidiano y que inconscientemente nos muestra una claraboya que ilumina nuestra rutina, plagada las más de las veces de elementos que la hacen insufrible y de la que necesitaríamos escapar. Esto resulta mucho más evidente en lugares donde los conflictos bélicos, sociales o ambientales son muy fuertes. Allí resulta más necesario que ningún otro el aporte de aire fresco, de colores vivos, la sugerencia de que aunque el ser humano es capaz de los mayores horrores, también lo es de la mejor poesía y del mayor encanto; el ser humano es capaz de torturar y de matar, de violar y de asesinar, pero también es capaz de enamorar, de cantar, de sonreír, de emocionar. Eso, comprensiblemente, se olvida fácilmente en medio del horror. Nosotros no queremos que eso se olvide, porque quizá sea lo único capaz de salvarnos del desastre."

Gracias Yanis.

lunes, 4 de enero de 2010

CDXXIII: Vení, volá, vení...

Hay palabras cuyo significado se parece más al silencio.
Hambre, guerras, odio; se inscriben en el axioma de los significantes vacuos.

Hay sonidos que demasiado se aproximan al abismo.
Las bombas cayendo, la orden ebria de un general nefasto, el grito de guerra.

Hay verdades que se imprimen sobre mentiras; y crece la indigencia, la muerte prematura, el imperio del dólar sobre la coexistencia humana.

Así el niño se hace hombre, posando el mundo a sus ojos, imprimiendo fotografías de recuerdo. Y a medida que deja de creer en los Reyes Magos y el polvo de hadas, comprende también que es más fidedigno el mundo de los sueños, que la realidad que aguarda ahí fuera con la necrófila paciencia de un buitre famélico. 

lunes, 13 de abril de 2009

CCXXXIII: Impresiones de Santa Rosa, La Pampa (I)

Me llegó el capítulo de la verdadera Pampa Argentina. Y en su sacra capital descubrí el esperanzador azul del cielo, circundando a la misma y perfectamente esférica luna, que cualquier otro habrá contemplado desde sus circunstanciales tierras. Mi duda sobre la extensión en la ruta quedó obsoleta al momento en que tres mariposas blancas danzaron festivas a mi alrededor. El viejo puente de madera une cielo y tierra, transportando a sus viajeros al epicentro de la laguna, lúdica y paradisíaca isla. Y al compás del bolígrafo, mis pies juguetean inquietos en el agua fría y reverdecida por el moho infalible, que tantas graciosas caídas ha provocado. Sin plan certero a corto plazo, y con la piel cansada de un sol intenso y persistente, me zambullo sin dudarlo para lavar el alma, barajar, y dar de nuevo.

lunes, 12 de enero de 2009

CXLV

Es como abrir los ojos entre una modorra nebulosa e inconsistente. Despertar de un letargo. Renacer de una alucinación casi tan real como lo es misma, la realidad. Las pestañas asquerosamente pegoteadas orientalizan la percepción primera del nuevo día. Buscar desenroscarse inútilmente de unas sábanas invisibles que en algún momento, quizás -de haber existido-, hayan jugado el íntimo rol de manto para su cuerpo; acariciándolo, protegiéndolo. Las articulaciones, inexistentes; los músculos, latentes; el sudor, seco y mutado a una nueva capa de piel que habrá de deslizarse en escape irremediable, algunas horas más tarde. El despilfarro de balbuceos inefables, la voluntad hecha trizas como vestigios de una guerra suscitada, de la que sólo quedan las ruinas del después. Y el muerto resucitado, sonriente. Amando la muerte, como siempre. Aprendiendo a vivir, como nunca. Levantándose entre su ciudad desvastada como un mártir condescendiente, que sólo sabe amar a su enemigo.