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lunes, 9 de mayo de 2011

DCXVII | La bengala perdida

La noticia deben conocerla. Si no es así, pongan "bengala" en Google News y podrán leer más sobre lo que le pasó a Miguel. Resumiendo: el 30 de abril, en un show de La Renga en La Plata, le cayó una bengala encendida en el cuello provocándole graves daños y quemaduras. Hoy, hace minutos, Miguel murió.

Esto no es lo mismo que Cromañón, atentos con esto. Miguel no es una más de las víctimas del 30 de diciembre, ni de la maquinaria perversa que lo generó. Sí es otra vida que se va por el mismo móvil de la inconciencia colectiva. No jugó esta vez el factor macabro del avasallamiento de la ley, como Carta Magna tácita de la ambición de los distintos actores. No hubo puertas cerradas, candados, sobreventas, mediasombras, coimas, inspectores que no inspeccionan, intendentes que no atienden pedidos. No. ¿Pero quién vela por ese colectivo, sea conciente o inconciente? ¿Quién lo representa, limita, controla e incentiva? ¿Quién lo protege?

No puede achacarse la culpa a la banda en esta oportunidad, ni a ningún empresario que mueva los hilos desde las sombras. Pero ahí está, otra vez, manso y ajeno aunque inexorablemente potente, la fuerza del Estado que deja de lado su principal rol: la regulación. La administración de políticas públicas que converjan en un mayor nivel de sociabilidad. El control de los actos individuales que puedan poner en riesgo aquel enunciado colectivo.

Los fuegos de artificio siguen haciendo estragos. Estragos culposos, diría la justicia. Estragos con dolo eventual, categorizaría yo. La posibilidad existe, está implícita. Todos lo sabemos y de todas formas nos exponemos constantemente a su utilización y o coparticipación pasiva, típica de las almas benignas que ni a una mosca dañarían, pero construyen su rutina sobre los cuerpos de los agonizantes. El dolo eventual en esta figura, podría caberle al Estado; no hablando en términos penales ni jurídicos, está claro; pero en términos simbólicos, hay algo repetido que se sucede, que parece evidente, y que sigue tiñendo historias del negro más mórbido.

No quiero, ni voy, a juzgar prematuramente; tampoco soy quién para hacerlo. Sí para emitir una opinión, más aún por mi infame condición mi tristemente célebre experiencia. Sólo emito unas palabras surgidas del dolor de la repetición continua, de la falta de aprendizaje, de lo vana que puede resultar la sangre derramada y las vidas arrebatadas.



sábado, 21 de febrero de 2009

CXCIV - Hurtos 5: Noemí Cruz

El sábado pasado no "hurtamos" nada. No lo hicimos porque me pareció fiel recordar el día del amor en tiempo presente, y no días antes o después. Llegar a destiempo a veces es oportuno; cuando se trata de amor, la puntualidad es motivo que damos a nuestros labios para dejarse llevar en una sonrisa. Hoy comparto un texto que me llegó desde Salta, escrito por Naomí Cruz -Coordinadora de la Campaña de Biodiversidad del NOA, Greenpeace Argentina-. Así como la poesía forma nuestras "formas", la crudeza de esta realidad, encrudece nuestras realidades. Siéntanlo en lo más profundo, como un cuento de Julio, o un soneto de Bernárdez.


Mi primera impresión en la cima de una palizada fue de desazón. Desde allí se ve al río herido por tanta maquinaria que orada en su base, los árboles arrastrados que ya son residuo muerto.

La gente, que quedó con lo puesto, palea el barro de las casas, el sol levanta un vapor pestilente. Hay mosquitos hambrientos, animales muertos aún tirados y gente desaparecida.

Allí anduve en los pozos dejados por el alud. Poco después me indicaron retirarme de la zona por el riesgo de explosivos provenientes de las empresas petroleras que fueron arrastrados por el alud. Ya habían desactivado algunos encontrados y decían que hasta un celular podría detonarlos. Además, con mis pies descalzos, como los del resto, estaban expuestos a las víboras.

Nuestro objetivo era mostrar cómo la deforestación de las cabeceras ha agravado el aporte de material del alud. La tala ilegal y los “descabezamientos” de cerros hechos por las petroleras, son grandes responsables del desequilibrio del río. La falta de controles ambientales, la planificación urbana inadecuada y el ordenamiento de bosques deficiente que postula la provincia, posibilita que un evento como este se repita cada tanto.

Tartagal...

A los catorce años, yo conocí a los Chané y sus hermosas máscaras, cerca de la ruta 86, los admiré andando a pie en las sendas de brasa, y los vi cuando sobre una cuesta, ellos se fueron al atardecer, llevando grandes hojas de tártago a modo de sombrillas sombreando sus rostros redondos.

Esta vez ya no los vi. Ese lugar es una extensión alfombrada de soja, y desde allá se puede ver el silencioso horizonte. La cuesta es un barranco que avanza cada año llevándose la escasa tierra empobrecida que les queda a los wichi de Misión San Benito.

A los pocos y raquíticos tártagos de la orilla, y a quienes pasen por ahí, los fumigan para que no molesten la soja.

El agua contaminada que escurre por falta de raíces que la dirija, llevada por canales, va a parar a la comunidad San Benito, que está justo al lado del desmonte, que antes era pródigo monte que les daba alimento.

Para llegar a sus casitas de plástico, que antes eran de paja que ya no crece, debimos cruzar un portón con candado, del cual el cacique tiene llave. Un tal Estrela cerró el campo de soja con los wichi dentro.

Una vez allá, a sólo 7 Km. de la ciudad de Tartagal, tratamos de documentar pruebas sobre la afectación de los desmontes para la audiencia de la Corte Suprema de Justicia, que se hará pronto en Buenos Aires.

Allá llegué, en representación de Greenpeace, acompañando a Reynaldo, cacique de Misión San Benito. Monitoreamos y documentamos el avance de la erosión y la remoción del suelo por falta de cobertura vegetal en la cuenca del río Tartagal, Casi 5.000 ha de soja cubren esta zona, son desmontes sin cortinas, hechos por Juan Estrela y al lado los de Juan Kutulas.

Mientras andamos por el campo, un avión pasa fumigando encima nuestro, más tarde se nos fumiga también por vía terrestre. A ellos no les importa que los wichi vivan allí al lado, lo que si importa es que la soja crezca sana.

Me siento impotente de solo ser yo. Sin embargo, siento que ellos saben que a nosotros nos importa su penuria. Estamos a su lado para intentar cambiarla.
Pienso entonces en "nosotros". Tal es el calor que hasta el mismo sol resopla, me da en la cara para despertarme y sé claramente que no soy solo yo.

Entonces... vuestros alientos están allí, y mis pies son mas firmes en el barranco.

miércoles, 20 de agosto de 2008

XVII

Las tragedias se suceden y, hoy, se superponen. Es inevitable no hablar de Madrid, donde hasta ahora fuentes oficiales confirman 141 muertes. Ahora bien, mientras tanto transcurren momentos de sustancial importancia en "mi" tragedia. La mía y la de muchos más. Ese infierno unificador que nos supo descubrir vulnerables ante la extramaunción. Y hoy estamos sólo algunos pero, ¿y los demás? Ellos comparten el cielo con las víctimas de Madrid, con las de Paraguay, con las de Lapa, con las de Kheyvis. Pero también lo comparten con las víctimas del hambre, de la exculsión, de las guerras, del progreso paretista. "Los dolores que quedan son las libertades que faltan", proclama el Manifiesto Liminar de la reforma universitaria del 18. ¿Y cómo no? La muerte no es castigo, más que el dolor de los vivos por no tener la libertad de regalarse momentos con los hoy ausentes. Que la muerte sea un regalo, pero no una imposición. Que lo evitable, se evite. Y que la muerte sea natural.