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martes, 29 de diciembre de 2009

CDXV: Por Soledades, Paco Urondo

Un hombre es perseguido, una
familia entera, una organización, un pueblo. La
responsable de esta situación no es la codicia, sino un
comerciante con sus precios, con la imposición
de las reglas del juego. Los empresarios, la policía
con la imposición de las reglas del juego. Por eso
ese hombre, ese pueblo, esa familia, esa organización, se
siente perseguida. Es más, comienzan
a perseguirse entre ellos, a delatarse,
a difamarse, y juntos, a su vez, se lanzan a perseguir
quimeras, a olvidarse de las legítimas,
de las costosas pero realizables aspiraciones;
marginan la penosa esperanza. Entonces
toda la familia, todo el pueblo, entra
en el nivel más alto de la persecución: la paranoia, esa
refinada búsqueda de los
perseguidos históricos y culturales.
Y ésta
es la triste historia de los pueblos
derrotados, de las familias envilecidas,
de las organizaciones inútiles, de los hombres solitarios, la
llama que se consume sin el viento, los aires
que soplan sin amor, los amores que se marchitan
sobre la memoria del amor o sus fatuas presunciones.

sábado, 25 de abril de 2009

CCXLIII: Hurtos 10 - Francisco "Paco" Urondo

No alcanza
vivir con precisión,
sabiendo lo que calma o arruina: la
complacencia, el sol
nuestro de cada día aliviándonos.

No alcanza
vivir con precisión; habrá
menos peligros
por ese lado, pero el calor
no llegará al fuego, necesariamente.

Nada sabrás
que yo no sepa,
nada verás
que ya no vieras.

No durarás: sólo
memoria; ausente.

Iré detrás
de tu recuerdo
cuando se aleje.

No volverás, no
encontrarás
todo el recurso del olvido.

Tener o No


Cuando arda el amor,
no estaré a tu lado,
estaré lejos.

Será por cobardía,
por no sufrir,
por no reconocer que no supe
cambiar todo esto.

Arderá el amor,
arderá su memoria
hasta que todo sea como lo soñamos
como en realidad pudo haber sido.

Pero ya estaré lejos.
Será tarde para lamentos
y nadie podrá todavía asombrarse
de lo que tiene.

Antes que nada, antes
de sospechar,
vivamos esto, que más no sea, y que
por ahí es demasiado.

Vivir, sin
que nadie admita; abrir el fuego
hasta que el amor, rezongando, arda
como si entrara en el porvenir.


Dame la Mano

domingo, 29 de marzo de 2009

CCXX- Hurtos 8: Francisco "Paco" Urondo

Con toda paciencia, la noche iba
tejiendo a su lado. Con todo
el amor, la noche crecía sobre su trama, sin
rencores. Éramos
así los dueños del fuego
del amor; los privilegiados,
los niños, los condenados a morir
con las espaldas 
descubiertas. Asesinos de la historia
que no llega a su debido
tiempo, que acarician
profetas y temblorosos. Dardos.
Espejos
Paco Urondo

Estaba en un estado
de ánimo sentimental; estuve
sonámbulo. Alcohólico, desierto,
fugitivo y 
tropecé con la cara de tu sonrisa
que ocultaba
la cara de tu rabioso dolor.
Addio (fragmento)
Paco Urondo

martes, 6 de enero de 2009

CXLII

"Tenía curiosidad por conocer aquella casa. Pero aquí no encuentro tejas. Ni pianito. Ni vals. Una gran pared gris y descascarada, una ventana con persiana baja, y un portón de vidrio y hierro. Sobre ella, en letras metálicas, un nombre: Lydia. Toco el timbre [...]."

Así relata Laura Giussani lo vivido por ella años atrás. Así podría relatar yo mismo, las irrepetibles percepciones que tuve en la tarde de hoy. Hoy los reyes no vinieron, hoy busqué a la reina (y la encontré). El caserón de la calle Conesa comenzó a desgarrarse de las frías hojas de un libro para comenzar a formar parte de mi vida, incluso en el momento en que leía su descripción. Hoy, definitivamente, es un jirón imborrable de mi historia.

Toco el timbre y, claramente, no es Lili quien abre la puerta. Es más bien un señor canoso, de mirada firme y temeraria, quien asoma su rostro por la ventana. Me acerco y tímidamente le hago un relato mínimo, de novela, y le confieso que estaba en busca del espíritu de Lili Massaferro. Carlos me invita a conocer a Liliana Belloni, segunda hija de Lili, hermana de "Manolín" (como el recuerdo lo evoca), masacrado por las "fuerzas del orden", allí por el año 1971 en el partido de Tigre. Liliana me pregunta desde la ventana si temo a los perros y, ante mi negativa, me invita a pasar. Las puertas de la calle Conesa se abrían para mi. El "Lydia" inscripto en el muro, quedaba fuera de mi campo visual, para adentrarme en la magia del mundo de Lili: en su familia.

Lo vivido dentro de esas paredes, quedó grabado a fuego en mi memoria. Lo inefable, son las puertas abiertas, los puentes tendidos. Tanto con Liliana como con Carlos, con Lili, Manolo, Pirí. Con Paco Urondo. Con Firmenich y el Che Guevara, con los Aymara o con el imperio incaico. El despertar del espíritu rebelde en las historias vividas y por vivir. En Cromañón y la militancia setentista. Todo se hizo uno en ese fantástico caserón, detenido en el tiempo. Porque allí hay más que muros, muebles y habitantes. Allí corren aires insurrectos e inconformistas, rebledes y vitales, solidarios y bien predispuestos, que rebalsan el ambiente con su áurea efervecencia, mágica y principesca. Pero fielmente, humilde.

Agradezco de corazón a Liliana Belloni y a Carlos Ballivián por la confianza y la gentileza con la que me regalaron una tarde irrepetible. Gracias también a Rosario Espina por haberme introducido hace un tiempo en el mundo de Lili, con la simpleza y el oportunismo de saber cuándo y qué libro prestar, a quien había perdido la sed literaria.

Una tarde muy mía, que es suya.
Un momento muy nuestro, que es de un pueblo.
Un pueblo que es Lili, o debería serlo.

lunes, 22 de diciembre de 2008

CXXVIII

"Urondo había empezado en la década del cincuenta un camino irreversible en la palabra con sus primeros y deslumbrantes versos y continuó escribiendo poesía aún en medio del peligro y la persecución [...]." Algo así como lo que relata Susana Cella sobre Paco Urondo, en la contratapa de un libro que hoy recibí como obsequio navideño adelantado, y salvando las abismales distancias, es parte de lo que ocurre en la periódica continuidad de Egosincracia. Siempre hay tiempos de paz y tiempos de guerra, de plumas y de fusiles, pero espero con el alma que nunca, sean cuales fueren las circunstancias, pase el tiempo de la literatura. La retórica es la faz significante de la ideología, escuché de un profesor y lo grabé a fuego en mi memoria. Si algún día muere mi retórica, dense por enterados anticipadamente, de que habrá muerto también mi ideología. Y con ella, yacerá mi cuerpo abandonado, despojado de todo indicio de vida, siendo útil para el universo sólo como alimento de bacterias más guerreras que yo.