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sábado, 18 de octubre de 2008
LXVI
Se apaga el Viernes, y no acepto que me vengan con eso de que, en realidad, es un Sábado que ya se está encendiendo. Pocos momentos en la vida son tan claros como éste. Pocas veces nos vemos tirados en la catrera, soñando despiertos unas últimas palabras que, en este caso, plasmamos en una computadora. Así es la era tecnológica, que se apodera hasta de la bella previa a nuestros sueños, pero al menos brinda la posibilidad de releerse y, sin arrepentimiento, saber qué imaginamos al caer en un noctámbulo letargo. Teatro para ciegos, comida china/vegetariana, amigos en la puerta sin avisar, café en Nacha... Todo devuelve algo de sentido, por la novedad, digo. Y hubo días en que irrumpí Parque Rivadavia con el amor, los hubo a la orilla del río en Vicente López tratando de olvidar, y los seguirá habiendo, donde y siempre y cuando, la vida disponga. Porque soy su títere, y me reconozco como tal. Parte de este circo al que le crecieron los enanos, pero que pueden aprender a hacer otras cosas bien (posiblemente yendo a la escuela de Derek Zoolander). Juguemos juntos el juego de aprender a hacer otras cosas bien, para dar con esa ínfima pero infinita pulgada de integridad, una pequeña cuota de dignidad al mundo que nos alberga. No estaría de más.
Publicado por
Mauro Fernández
a las
2:59
lunes, 15 de septiembre de 2008
XXXIV
¿Puede alguien decirme me voy a comer tu dolor? Espero que así sea, pero analíticamente no lo creo. Tal vez haya alguien que pueda alivianar mi pena durante una charla amistosa en algún antro donde refugiar mis recuerdos, pero definitivamente nadie tendrá el suficiente hambre como para comerse todo mi dolor. Tampoco quiero escribir historias en pretéritos que quisiera escribir en presente, me niego rotundamente; pero sé que me equivoco. La mujer es sabia, por más que a veces se empeñe en demostrar lo contrario, y generalmente sabe de lo que habla. No así los hombres, que somos seres obstinados, más allá de que algunos nos creamos lo suficientemente reflexivos como para saber sobre cómos y cuándos. Definitivamente el hartazgo se había apoderado de nuestro existir como ente compartido, y había tapado ese sol que emanaban las sonrisas pasadas. Obsoleto quedó ya aquel Parque Rivadavia del día en que la conocí. Tristemente perdida en el recuerdo, está hoy esa tormenta de verano que nos encontró en plena apertura recíproca de nuestras almas en su, desde ahí y para siempre, mágica cocina. Las sonrisas del ayer, no son más consecuencia de nuestros encuentros; y las sedentarias noches de película, acurrucados en la cama, no son ya, parte del menú cotidiano.
Al menos aprendí de antemano lo que era la tristeza, gracias a un hábito tan suyo como ningún otro, y así fue como el último capítulo de la tercera temporada de The Oc, adelantó mi sufrimiento matando a Marissa como luego moriría el sentimiento más grande que jamás experimenté. Escribiría secularmente nuestros instantes que hoy son sólo vestigios, pero sepan que me guardo toneladas de melancolía para futuros encuentros.
Y si, como anillo al dedo cae que el bendito iTunes decide reproducir en este momento el exquisito Hallelujah que nos identificó desde un comienzo. But, love is not a victory march, dijiste en él, mi querido Jeff, y no te equivocaste en absoluto. Mi fé fue inmensa, pero no alcanzó. Espero ver nuevamente sus suaves, y femeninos labios, dibujando un Hallelujah, al toparse con mi marcha en alguna avenida de la vida. Duele saber que el olvido se haga de algo tan preciado, como fue la belleza de estos años con ella. Lo celo y lo envidio, ahora más que nunca.
Publicado por
Mauro Fernández
a las
22:44
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