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jueves, 16 de octubre de 2008

LXII

Sorprendida, ella, sólo atinó a lanzar un eufórico -¿Por qué no te vas un poco al carajo, viejo desagradecido hijo de mil putas?-. No era para menos. En un parpadeo casi imperceptible, su andar rondaba la esquina de Gaona y Nazca, perdiéndose así al campo visual de Amaro. Él, aunque aún inconteniblemente exaltado, comenzaba a revolcarse en el fango del remordimiento. Pensaba mucho, vivía poco. Sabía al guiño como un ente de incomensurable complejidad, de simple significante e infinitos significados. Jamás hubiese podido decifrar si aquella morocha despampanante se le había insinuado, demostrado un solidario cariño, o indicado tener el ancho de basto. ¿O no imaginan un mundo donde se jueguen cartas incluso en la puerta de un bar, ante un extraño desorientado? Y ante esa hábil y agraciada jugada, el cobarde se fue al mazo.

domingo, 21 de septiembre de 2008

XXXIX

Al cruzar la puerta de El Balón, se detuvo por un instante, como si estuviese absolutamente desorientado. La incertidumbre que denotaban sus ojos, junto a los vaivenes de su cuello, a diestra y siniestra, en la búsqueda de posibles destinos; llamaron sin quererlo, a una solidaridad que en ese momento se encontraba personificada en cuerpo de mujer. La amable señorita, luego de ofrecer su ayuda, fijó una mirada intensa en los labios de Amaro y efectuó un guiño con su ojo derecho. La respuesta no se hizo esperar. -¿¡Pero usted está loca!?- exclamó. Y desdeñoso como sólo el podía ser, prosiguió, -Usted no es nadie, su vida no me importa. ¡Pero acaba de condenarme a descifrar el misterio oculto detrás de ese párpado, irreverente y juguetón, que nunca, pero nunca, aprendió a quedarse quieto!-.