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miércoles, 15 de abril de 2009
CCXXXV: Impresiones de Santa Rosa, La Pampa (III)
Al salir, empapado de una divina e inconciente inmunidad, sentí hecha carne la práctica de repetidos dogmas de eternidad. Con las bermudas sudando aguas verdes, y mi alma escurriendo estructuras y otros males, me bufé irónicamente de instituciones ajenas e impuestas. Oriné impunemente sobre el "no se puede". Me cagué con enérgica pasión intestinal sobre los cimientos del Bien y el Mal, establecidos por un Dios cotizado en bolsa gracias a los fundadores y protectores de esta gloriosa Patria Capitalista, que impera alrededor del globo. Entonces, y sólo entonces, terminé de leer a Sábato, me comprometí a la entrega personal por la Vida común, y seguí mi camino en el descubrimiento silencioso y casi asceta de la capital pampeana.
Publicado por
Mauro Fernández
a las
9:30
martes, 14 de abril de 2009
CCXXXIV: Impresiones de Santa Rosa, La Pampa (II)
Me es inminente la responsabilidad de una confesión: les he mentido descaradamente. En efecto, quizás no califique como "mentira" ya que lo expuesto era un ilusorio acontecimiento futuro y mi desfachatez para con la realización del mismo. Sí, dudé. Y dudé excesivamente. No es que temiera por algún monstruo fabulesco ni por nada que se le parezca. La raíz de mi duda, su núcleo, fue la pavorosa sensación de ser el único. Y aunque de todos modos terminé siendo el único de mi especie, tirándome de cabeza y nadando por la laguna pampeana, fue aquel inocente y aventurero labrador, que perseguía una botella vieja como quien persigue a la utopía vívida del misterio humano, quien me dio el coraje para lanzarme en ese vuelo.
Publicado por
Mauro Fernández
a las
9:30
lunes, 13 de abril de 2009
CCXXXIII: Impresiones de Santa Rosa, La Pampa (I)
Me llegó el capítulo de la verdadera Pampa Argentina. Y en su sacra capital descubrí el esperanzador azul del cielo, circundando a la misma y perfectamente esférica luna, que cualquier otro habrá contemplado desde sus circunstanciales tierras. Mi duda sobre la extensión en la ruta quedó obsoleta al momento en que tres mariposas blancas danzaron festivas a mi alrededor. El viejo puente de madera une cielo y tierra, transportando a sus viajeros al epicentro de la laguna, lúdica y paradisíaca isla. Y al compás del bolígrafo, mis pies juguetean inquietos en el agua fría y reverdecida por el moho infalible, que tantas graciosas caídas ha provocado. Sin plan certero a corto plazo, y con la piel cansada de un sol intenso y persistente, me zambullo sin dudarlo para lavar el alma, barajar, y dar de nuevo.
Publicado por
Mauro Fernández
a las
13:57
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