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sábado, 19 de diciembre de 2009

CDVIII: La última curda

Amaro obsequia, dulce, un adiós en esta tarde gris. A través del cristal alquimista, que en cuestión de segundos convirtió el sol en baldazos de lluvia, lava mejor sus penas que con el más puro alcohol. Levanta la cabeza y respira la noche de sabor añejo y acidez fulminante, muerte y resurrección. Verla por la mitad, medio llena o medio vacía, aunque le baste saberse vacuo en absoluto, y el reflejo del cristal sea sólo ilusorio, un tal vez. La regala, la entrega a otros condenados al vicio de su néctar. La entrega y la olvida. Esta vez no extraña. Esta vez elije ser.

lunes, 19 de enero de 2009

CLVII

Entre tanto, las ajetreadas paredes de La Cápsula eternizaban:

"Somos Amaro y Barálides, estamos pre-conectados. Estuvimos juntos de diferentes formas en otras vidas. En algunas no nos encontramos y vivimos incompletos... En esta sí. Eso nos da paz.
Hoy somos..."

miércoles, 24 de diciembre de 2008

CXXXI

Así la historia de Amaro y Baralides transcurre irrefrenable, entre encuentros digitales y ensueños interpersonales. Cruzan someros clicks con el mismo amor que se cruzan penetrantes miradas. Los encuentros repentinos son parte de su realidad. Y así se van liberando mutuamente, inmiscuyéndose cada vez más en un todo que está reservado sólo para ellos dos. Para Santi y Santiago fue la muerte; para los amantes esclavos de un laberinto sin fin, el suicidio y la trampa al destino, una nueva dimensión. Para ellos fue La Cápsula. Un lugar alejado del mundo, donde los colores, las escaleras marineras y los horizontes, se hacen infinitos. Cuatro paredes transpiradas por la pasión de un amorío profundo, se escurren como los paños grisáceos de Amaro, ante la mirada de su princesa. La de esa que ama, por que la conoce "lo suficiente", incluso desde antes de conocerla. Como en un oxímoron constante, un día en que decidieron volver a ver la oscuridad del día y abandonar la envolvente luz de La Cápsula, dejaron de recuerdo un pedazo de vida. Y lo obsequiaron con placer y total entrega, sabiendo que concebían un lugar con su propia energía vital, compuesta en parte con el amor de Amaro, y en parte con la belleza de Baralides. Flashes. Bajadas de párpados. Suspiros... 

domingo, 9 de noviembre de 2008

LXXXIX

Se sentó en su escritorio y bajo una tenue luz de lámpara, dio el paso necesario para encontrarse con ella. Una hermosa doncella digital que encanta la mente, paralizándola, y dejándola inmóvil ante el ímpetu sentimental. Una ilusionista. Amaro permanecía estático, con la mirada perdida en suaves letras que corrompían, insurrectas, los mandatos tecnocráticos, dando así un nuevo sentido a la comunicación virtual. Aprendiendo que el espíritu puede comulgar y alimentarse a través del aire abstracto, con una pantalla LCD como herramienta mediadora. Así la historia vuelve a escribirse, secularmente y adaptada a los inminentes avances (o retrocesos) sociales. Baralides llegó a redescubrir la luz en un alma grisácea por el ollín aspirado en todos y cada uno de los detalles que Amaro no supo ver. 

viernes, 31 de octubre de 2008

LXXX

En su cómodo e imperturbable andar (con la ataraxia de una suave hojita ingenua), sólo alzó la mirada al ver un trozo de bosta meticulosamente moldeado. Sacó las llaves y volvió a maldecir mirando al cielo, ésta vez por la constante y existencial abulia que prevalece en los vecinos de Santa Rita. Al menos, en la simpleza de salir a la calle con una mera bolsa de supermercado para recoger necesiades ajenas, en este caso, las de sus mascotas. Cuidado, no crean que con una bolsa no puede ir uno recogiendo los sueños o las carencias de nuestros hermanos. ¡Claro que podemos! E incluso, existen casillas de cambio donde se compran esas bolsas, en trueque por viejos sueños ya marchitos por la cruel e incesante absorción de un Roca de inexpugnable validez, más allá de lo contradictorio que ésto resulte. Amaro sabía de eso, pero siempre se mantvo al márgen. Casi diría, rozando los ojales de un papel más puro que la cotidianeidad del aire. Enardecido como de costumbre, llegó a su casa sin saber que en la pantalla de su laptop lo esperaba una vasta amalgama de concepciones espirituales y metafísicas, dispuestas a no darle tregua a su angustia existencial, propia de los habitantes psíquicos del Dasein.

jueves, 16 de octubre de 2008

LXII

Sorprendida, ella, sólo atinó a lanzar un eufórico -¿Por qué no te vas un poco al carajo, viejo desagradecido hijo de mil putas?-. No era para menos. En un parpadeo casi imperceptible, su andar rondaba la esquina de Gaona y Nazca, perdiéndose así al campo visual de Amaro. Él, aunque aún inconteniblemente exaltado, comenzaba a revolcarse en el fango del remordimiento. Pensaba mucho, vivía poco. Sabía al guiño como un ente de incomensurable complejidad, de simple significante e infinitos significados. Jamás hubiese podido decifrar si aquella morocha despampanante se le había insinuado, demostrado un solidario cariño, o indicado tener el ancho de basto. ¿O no imaginan un mundo donde se jueguen cartas incluso en la puerta de un bar, ante un extraño desorientado? Y ante esa hábil y agraciada jugada, el cobarde se fue al mazo.

domingo, 21 de septiembre de 2008

XXXIX

Al cruzar la puerta de El Balón, se detuvo por un instante, como si estuviese absolutamente desorientado. La incertidumbre que denotaban sus ojos, junto a los vaivenes de su cuello, a diestra y siniestra, en la búsqueda de posibles destinos; llamaron sin quererlo, a una solidaridad que en ese momento se encontraba personificada en cuerpo de mujer. La amable señorita, luego de ofrecer su ayuda, fijó una mirada intensa en los labios de Amaro y efectuó un guiño con su ojo derecho. La respuesta no se hizo esperar. -¿¡Pero usted está loca!?- exclamó. Y desdeñoso como sólo el podía ser, prosiguió, -Usted no es nadie, su vida no me importa. ¡Pero acaba de condenarme a descifrar el misterio oculto detrás de ese párpado, irreverente y juguetón, que nunca, pero nunca, aprendió a quedarse quieto!-. 

domingo, 7 de septiembre de 2008

XXIV

Pasada la euforia, tomó el saco que estaba reposando distendidamente en el respaldo de su silla, acariciando sutilmente el suelo pero sin llegar a barrerlo, enrroscó lentamente la bufanda en su cuello y, casi al mismo tiempo, como si tuviese otro par de manos, colocó la negra boina de corderoy sobre su cabello.  Hace años esa boina había dejado de ser un accesorio de su vestir, o incluso un método de protección para sus ideas, del frío exterior. No era ya, otra cosa más que el límite visible de su potencialidad y campo de acción, extinguiéndose en el último milímetro sí mismo. Era un kipá sin religión. Lamentablemente, su juventud no fue capaz de entender esta sumisión, y lo abandonó prematuramente. Y así creció, así maduró: exponencialmente y sin freno. En un vértigo constante, que sólo se contrastaba con su lento caminar y sus suaves movimientos.

martes, 12 de agosto de 2008

XII

Pero para su sorpresa, no era esa desgarradora y cautivante dama que nos unge pofetizando el letargo eterno; era el calvario exterior. Avenida - Autos - Edificios - Más autos - Gente - Calle - Carreras - ¡Correte boludo! - Pelea en la esquina de Avenida y Calle - Semáforo en amarillo - Velocidad - Reojo - Primera - Rojo - Más velocidad - Verde - ¡Segunda y te paso!- Auto y Auto - Flan - Tragedia - Chusmas - Cuentito de lunch-time, para las paquetas del barrio. ¿Acaso no es eso lo que significaba, para el, la muerte?
Con la mirada fija y perdida en el caos exterior, Amaro se paró lentamente y, tras el vidrio, aplaudió la majestuosidad de aquella obra, y ahogándose con la última gota del café, más amarga que ninguna, alabó a Dios por la meticulosidad de su dirección.

lunes, 4 de agosto de 2008

III

Con el cortado por la mitad y un rostro desdibujado, más allá de la añoranza de sus ojos, Amaro apiña cruces, sobre su lomo cansado. El Balón seduce a la nostalgia con suspiros húmedos de recuerdo, y convierte así al cruce de Avenida Gaona y Bolivia, en una peligrosa y cautivante encrucijada. De bandera blanca en mano y cortado sobre la mesa, Amaro se rindió a su eterna y vieja juventud; esa que lo ha dejado acobardado como un pájaro sin luz. Y entre los vestigios del ayer, cabizbajo y cosiendo los paños rotos del recuerdo, miró por la ventana y se encontró con la muerte.