domingo, 7 de diciembre de 2008

CXIV

Imaginen un mundo donde la palabra perdón, donde el concepto perdón, jamás hubiese sido inventado. Cuanto más rico sería todo. Cuanto más atento y cuidadoso. El perdón de los pecados quedaría inaplicable, y el único camino al cielo sería el buen obrar. Las imposibilidad de pedir disculpas nos mortificaría al punto tal de detenernos cautelosamente ante cada acción que estemos por efectuar. Sabríamos que una vez actuada y llevada a la realidad, no existiría vuelta atrás, ni perdón que valga. Dejaríamos de pensar constantemente en nuestro asqueroso, retorcido y maloliente ombligo, para empezar a admirar la belleza del otro, cuidándolo (cuidándonos), de no quedar por siempre mal parados, sin posibilidad alguna de remedio ni misericordia. Miremos hondo al corazón de la inmensidad que nos rodea y sintámonos carentes de perdón. Quizás así, sin misericordia, sin condescendencia, sin perdón para con nosotros mismos, nos espere un mundo más justo, más amable. El el sentido más amplio de la palabra. 

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