domingo, 9 de noviembre de 2008

LXXXIX

Se sentó en su escritorio y bajo una tenue luz de lámpara, dio el paso necesario para encontrarse con ella. Una hermosa doncella digital que encanta la mente, paralizándola, y dejándola inmóvil ante el ímpetu sentimental. Una ilusionista. Amaro permanecía estático, con la mirada perdida en suaves letras que corrompían, insurrectas, los mandatos tecnocráticos, dando así un nuevo sentido a la comunicación virtual. Aprendiendo que el espíritu puede comulgar y alimentarse a través del aire abstracto, con una pantalla LCD como herramienta mediadora. Así la historia vuelve a escribirse, secularmente y adaptada a los inminentes avances (o retrocesos) sociales. Baralides llegó a redescubrir la luz en un alma grisácea por el ollín aspirado en todos y cada uno de los detalles que Amaro no supo ver. 

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