sábado, 29 de noviembre de 2008

CVIII

Somos los hijos de una ilógica forma de vida, de un histriónico camino errante que quiere disimularse inmiscuyéndose en los vicios de la razón. Somos parte de la tripulación inquisidora que sólo cultiva sus propias raíces. Esas pútridas e infecundas raíces que derrochan oro y sangre, en nombre de un Señor seguramente cansado e iracible por tanta difamación. Estamos en la carrera constante que nos eyecte de la opresión, para poder ser libres. Maldita libertad que ahora nos sitúa en rol de decisores, ingenuamente parados ante el break point, donde la divergencia de nuestro poder se hace manifiesto. La elección y un destino pre-escrito. El círculo y el eterno retorno de Nietzsche que se suceden entre quejas y disgustos. Nuestra propia libertad y la igualdad son nuestros valores. No vemos que si somos libres, dejamos automáticamente de ser iguales. Ni tampoco que en la igualdad, somos más fácilmente manipulables. No se trata de política, se trata de vidas. De una sociedad con alma de Pepa pero modos de Murena. Intelectualoides, alejados y en caso omiso. Hay una vida fuera del refunfuño constante por las imposiciones impías. Y es la energía vital que nos haga descubrir la belleza de la libertad, la justicia de la igualdad, la enseñanza de la opresión y la espiritualidad de nuestro ser. Porque esencialmente, antes de querer, somos. No un nombre ni un amor. Simplemente, somos. Y cuando saquemos a relucir los trapos de lo que nos hace sentir, será el día en que el sol cocine lento y envalentone la creación de los cimientos de la revolución. La nuestra. La única. La verdadera.

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