lunes, 3 de noviembre de 2008

LXXXII

¿Abrieron los ojos alguna vez? No, no estoy siendo metafísico eh, pregunto si alguna vez se dieron la libertad de hacerlo y sentirse plenos. En mi caso, encontrarme con la mirada puesta en un sol radiante y con una guitarra encima, puede ser objeto de deleite. Hay sensaciones únicas, que no se reemplazan ni cambian por nada del mundo, y esa es una. Una guitarra, sin importar los casi siempre ausentes Fender, Rickenbacker o Gibson en su clavijero, puede llenar el alma, tanto del ejecutante como del público presente. Y no hablo de público en cantidades masificadas de crowded stadiums, rebosantes de histeria adolescente y nenas húmedas e insenstas que ven en un músico con cierta popularidad, la pieza perfecta que encastre en el rompecabezas de sus histriónicas y vacías vidas. Hablo de un público que se permita escuchar e interpretar cada sonido. De un cómplice de viaje, un copiloto hacia el mundo de los acordes, donde las palabras flotan y tienen una carga más fuerte que cualquier postulado, por su carácter de inmortales y omnipotentes. Seamos cómplices. Acompañémonos en un trip hacia ninguna parte. Porque muchas veces, ir en trenes por no tener a dónde ir, resulta mucho mejor. Porque así y sólo así, sacamos el foco del destino final y vivimos el viaje como lo que realmente es: un viaje.

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