lunes, 22 de agosto de 2011

Tim: el hombre que cambió el mundo

El Mercado del Puerto siempre tiene algo para regalar, y casi siempre es en Roldós. De pasada en Semana Santa o vacación de agosto sanmartiniano, su Medio y Medio trae historias para contar. Esta vez fue casi perfecto, a tono, acorde; Tim y Gregory llegaron junto al morcipán, el chimi y a criolla, para contar sus historias en inglés. También para hacer preguntas y sacar algunas conclusiones.

Tim es de Londres, habla un muy buen castellano y es inspirador como pocos hombres. Gregory es neozelandés y tiene un rostro de película. Sus ojos metidos hacia adentro, la cara cuadrada y una frente amplia y recta que es perfecto preludio a su ínfimo cabello castaño. (Que no haga hoy hincapié en sus palabras, no significa que no me marcara con su magnífica simpleza y su empatía constante). Cada uno con su gracia, avergonzados de no hablar el idioma local, el nuestro, y que para comunicarnos nos veamos obligados a recurrir al inglés. Nosotros, chochos. Yo, delighted; practicando una lengua que deberá hacerse costumbre en pocos días.

La conversación fue de lo más variada, pero ahondó en el llamado "mundo". ¿Cómo cambiarlo? ¿Quién podría? Él, Tim, maestro o algo por el estilo. Gregory un viajante, quién sabe por cuánto tiempo; un tipo bárbaro con el que vale la pena sentarse a tomar una cerveza y hasta pasar un día del padre con asado y en familia, si quisieran ser sus hijos. Pero es aquel hombre canoso, el que en sus breves minutos de charla, me llenó de las certezas más preciadas. La que anula la esperanza para hacerla realidad.

"Ustedes, entre los 20 y los 30 años, son los encargados de cambiar el mundo", decía sin ningún indicio de duda en su mirada, mientras su dedo se clavaba como un puñal que diera vida, en el perfecto centro de mi pecho. "En los '60 lo intentaron, pero ustedes tienen en sus manos la mejor arma de comunicación que nadie haya tenido jamás; you, you, YOU, can change the world". Estaba convencido.

Y mi lábil respuesta no le daba siquiera gracia. El "I hope", le parecía banal; cobarde. Y no entendía por qué Argentina no sale adelante con los hermosos recursos que trae en sus suelos, con la hermosa gente que habita sus tierras. Me pidió respuestas. Obviamente no titubeé a la hora de decirle la falta de decisión política en la que estamos sumidos, el maniqueísmo eterno en el que estamos inmersos, el extractivismo cruel al que somos sometidos por los países del norte y sus multinacionales que irrumpen en nuestras tierras como los misioneros del siglo XV. Nos evangelizan y nos roban, y nosotros miramos la misma película tragicómica sin dejar de sonreír creyendo que esta vez los estamos cagando; que esta vez sí "estamos creciendo".

No le alcanza. Tim quiere más. Tim quiere revolución, y la quiere ya. Quiere organización desde la inmensa oportunidad que nos regalan los teléfonos inteligentes, internet y la globalización que hace que hoy todos seamos accountables, y por tanto, poderosos. Le doy la razón, pero insisto en que si bien el medio está dado (siempre los medios están dados), falta el contenido para llenar ese enorme potencial que pueda alzarnos en la cúspide de nuestras libertades. Nos falta visión a largo plazo, coraje, romper esquemas dogmáticos. Aventurarnos a lo desconocido.

Tim sonríe y me mira -nos mira-, y dice: "You are an intelligent young man, you speak two languages, you know what is it about. Take care of your lovely girl, go out there and change the world; I know you can".

El Mercado volvía a teñirse del celeste azulado de la nostalgia, el gaucho entraba con su guitarra, las seis cerraban las puertas, y el mundo seguía allá afuera, no muy distinto que siempre. El mío seguía acá adentro; irreconocible.

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