viernes, 3 de febrero de 2012

¿Dónde están los superhéroes?

Catárquico lo que viene. Breve pero catárquico. Se halla acá por la necesidad de más de 140 caracteres, aunque tampoco tantos. Al mundo le hacen falta más superhéroes. Héroes de esos que en realidad no existen, de esos que son símbolos y por simbólicos, ideales e imperecederos. Los villanos siempre estuvieron unificados, siempre hubo Liga de las Sombras, siempre partidas de póker entre el Joker y la mujer gato. Vivimos tiempos de resistencias nacientes del poder colectivo; desarticuladas, pero efervescentes y corajudas. Sin embargo, siento la necesidad de un superhéroe menos humano -aunque humano- que inspire desde lo etéreo las acciones concretas de los hombres como nosotros. Construyamos un símbolo, de eso se trata la historia. Un símbolo que encarne en su máscara el ideal de todo un pueblo o una generación. Un símbolo que sea fácilmente identificable, memorable y, al mismo tiempo, temible. Uno que cuando parezca que roza lo ridículo, da su golpe de gracia y se retire nuevamente hacia las sombras. Un superhéroe de la Justicia y la Verdad. Uno nacido del Amor y no de la Venganza. El enmascarado que llegue por fin a plantar los cimientos del ideal bastardeado de "Salvar al Planeta".




lunes, 30 de enero de 2012

El apodo de tu vida

Regalo, sorteo y consigna. Sucesión lógica de los hechos que involucran dádivas corporativas. "¿Cuál es el apodo que siempre te hubiese gustado tener?", me preguntan. Las nubes tapan el cielo, la lluvia cae a cuentagotas. Fue en ese momento en el que yo, que siempre bregué por tener un apodo, cualquiera, insignificante, intrascendente, falto de gancho o cualquier halo de grandeza; finalmente me desperté del letargo con la certeza de que mi problema ha sido siempre el no querer ninguno con la suficiente firmeza. Todos = Ninguno. Mauro. Mauro Fernández. A veces, también Nicolás; de jamón.

sábado, 28 de enero de 2012

Realidad Famatina



Cansado, desde el suelo mismo del parque de Chilecito, con el Cristo vigilante y misericordioso a mi espalda, veo niñas en pelotero y camas elásticas, dando saltos que llegan al cielo. Son casi las dos de la mañana y la vida en el pueblo rebalsa por cada esquina. Los vehículos desfilan a paso de hombre, con música –y otros ruidos– al taco y, cada tanto, el infaltable neón azul. Un motoquero pasa despacio con una remera negra manchada de una gota amarilla. En su cuerpo reza “El agua vale más que el oro”. 

Me encanta. No me sorprende, pero me encanta. “La marca te marca”, me repitió Mario una y otra vez en sus fantásticos monólogos psico-publicitarios, y está claro que el pueblo de Chilecito –y el de Famatina– está marcado por la lucha contra el saqueo y la vulneración de su capacidad y derecho de autodeterminación.

Volver de Alto Carrizal es una vida de despojo. Un instante, claro, pero el abandono es tan grande como la solidaridad y el compromiso fueron bajo las carpas. El aire huele a lucha, los mates tienen el sabor al agua pura y al compañerismo, el barro en los pies –el barrio de pie– por baldear la tierra, hace y constituye al hombre nuevo desde sus cimientos.

Imposible en esta hoja hablar de todos; del filósofo de Pergamino, del coraje y la madurez individual y política de Willy que inspira y hechiza, del chino y sus carcajadas, del liderazgo visible o invisible del Chelo, de la juventud inquisidora que emana la sonrisa de Mara; la Fé de todos. El “Fuerte Apache”, donde refugiar a los niños en caso de represión, la alerta constante, las listas de ingresos y egresos. El pueblo tiene una sucursal, un punto en común donde confluir y defenderse. Un lugar donde están alegre y firmemente instalados.

Imposible describir el espíritu que baja del Famatina con la luz de la luna y la intensidad de las estrellas, en un cielo más negro que nada. José, agradecidísimo por el jaguar que paró a Ledesma en su pueblo. Orlando y su metabolismo de setenta que, en realidad, es eterno, joven e iluso.

Foto: Guadalupe Lombardo | Página|12
Y lo más puro, lo más real: nadie te niega nada. Todos entregan su alma y su confianza, a pesar de lo padecido. Guitarra y charango toca folklore mientras la flauta dulce quiere adivinar una canción de escuela –creo que es la única canción que se inventó para flauta dulce–. Nena de siete improvisa letras y su anárquico grito pide libertad para viajar con su guitarra; le exige, le reclama: a mamá.

La política está en todas partes. La gente en Alto Carrizal la construye desde los hechos, demuestra que la resistencia tiene sentido y que su convicción, pacífica y profunda, puede más que cualquier minera o cualquier lingote. Más que cualquier estratégico y traidor giro de la política de turno que se aprovecha de la fuerza del pueblo para basar sus negocios personales.

Vuelvo en camioneta destartalada que llevó el lechón para la cena y volvía sin chistar ni masticar. Mary y su marido relatan un derrotero que va del corte hasta Chilecito, pero tarda unas cuantas décadas. Décadas que me recordarán por siempre la "ele" estirada en cada "claro" de Mary; con un dejo de parsimonia y aprobación maternal. Llegamos y nos miramos; nos fundimos, cómplices. Un abrazo nos despide, un hasta pronto precede a un gracias por venir; la camioneta arranca rumiante y el hermoso matrimonio sigue al hogar que trabajan día a día, sin sueldos ni dádivas que los mantenga. 

Pido un sillón. Recepcionista hace un mes, el “jefe” le sabrá decir. Que no, claro. Y él, Oscar, se cansa de pedir disculpas. Me ofrece jugo frío y lo rechazo, lo abrazo y me voy. El Cristo aún vigila. Yo entiendo algo más. Esta pelea ya está ganada. Esta cruzada ya es victoria desde que el famatinense es famatinense y el chileciteño, lo propio. Hay algo que está claro desde el principio, y seguirá intransigente e inquebrantable le pese a quien le pese. Hay un grito que ya es Pueblo, y no se negocia: el Famatina no se toca.

martes, 24 de enero de 2012

Eugenesia y los colibríes




Hay una casa que se le cae el techo. La tierra se subleva y es canción ante el silencio de los colibríes.

–¿¡Dónde están!? – grita Eugenesia y se lanza en un tiritante sollozo.

A ella siempre le pesó esa estúpida decisión de la madre que la parió y el ignoto que la preñó –a la madre, claro; dicen…–. El nombre siempre al hombro, como una cruz inolvidable y constante, clavada, sangrante.

–¿¡Dónde están esos gorriones!? ¡Carlos! ¡Berta! ¡La puta madre que me parió, ¿dónde carajo están esos pajaritos?!

Carlos jamás podría saberlo. Berta siquiera señalarlos. Ellos no estaban, ya no; no allí. Pero Eugenesia seguía llamándolos por su nombre a los gritos, preguntándoles cada tontera, cada imposible que se le viniera en ganas. Siempre los mandoneaba, pegaba un grito como dando una orden y exigía una urgente respuesta.

Generalmente no había apremio alguno, pero para ella era todo de vida o muerte. En efecto, todo es de vida o muerte; la negación perceptual de una realidad ególatra es la hipócrita que nos hace creer al resto que tomar ese happy hour en el bar de la vuelta no nos hará volcar en Panamericana y estrolarnos contra el guardrail. Ella lo sabía bien; bien, bien sabido.

Apuesto mis millones –de angustias– a que Eugenesia era mucho más lúcida que todas las otras viejitas que andaban por el Hojas Verdes. Incluso llegué a pensar que Carlos y Berta fueron vueltos al mundo por algún hada madrina que Eugenesia conoció en sueños, que fueron convertidos en colibrí y que cada mañana –como siempre había sido– le susurraban al oído algún dulce adagio de Bach.

–Escuchame, Ernestito… Los pájaros, pájaros son. Ni halcones ni colibríes; no saben de historias de héroes ni de cantatas poéticas. Son seres en ser-esencia, con sus alas tan iguales a las mías, con sus cantos tan iguales a los tuyos. Pero hay algo que jamás pude tolerar. Una espina que me clava muy profundo; un desgarro, que es su ausencia. Es su ausencia, tan igual a la de Carlos. Tan igual a la de Berta.

El último día de su zigzagueante y esquiva ruta hacia la muerte, Eugenesia me confesó su mayor convicción. Yo morí antes que ella. Carlos, Berta, ella y sus colibríes, no estaban ahí esperándome. 

miércoles, 11 de enero de 2012

Todos terroristas


Comparto una columna escrita por Martín Caparrós en Pamplinas, su columna en el diario El País, reflexionando sobre la Ley Antiterrorista sancionada el 22 de diciembre de 2011 –y promulgada por la Presidente en el Boletín Oficial el 28 del mismo mes–, y los mitos erigidos desde el oficialismo a través de sus mecanismos oficiales y paraestatales que bañan de izquierda democrática un Modelo extractivista y desgarradoramente capitalista que asesina en nombre de la Patria a todo aquel que se le resista. Así todos los que tengamos libertad de conciencia, acción y crítica, quedamos desplazados a la categoría de enemigos de la Patria. Así nos encasillan en ese lugar: todos terroristas.
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Por Martín Caparrós
Nota original

Protestas: un coche arde en la avenida Néstor Kirchner de
Río Gallegos, Santa Cruz, el jueves 29.
Quizás en unos años, cuando haya que relatar el kirchnerismo, muchos coincidirán en que el momento del quiebre, el momento en que todo empezó a verse distinto fue cuando el gobierno de la doctora Fernández dictó su Ley Antiterrorista. Dirán que ya había habido otros signos, que las represiones con muertos en varias de sus provincias, que las peleas con sus organizaciones sindicales, que el desprestigio de sus organismos de derechos humanos, que los primeros ajustes económicos, pero que nada definió tanto su curso de acción como esa ley penosa.
Sucedió hace cuatro días. Fue la última noticia de un año lleno de noticias –y no fue de las más discutidas. La aprobó un parlamento con mayoría oficialista –que no necesita debates o negociaciones– y la promulgó la señora presidenta con un decreto publicado en el Boletín Oficial del miércoles 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, al mismo tiempo que los diarios llenaban páginas y más páginas con la bomba de la noche anterior: que la doctora también tenía cáncer. En síntesis: un gobierno que se presenta como democrático y popular acaba de sancionar una ley que dice que cuando algún delito del Código Penal “hubiere sido cometido con la finalidad de aterrorizar a la población u obligar a las autoridades públicas nacionales o gobiernos extranjeros o agentes de una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo, la escala (la pena) se incrementará en el doble del mínimo y el máximo”.
La formulación es tan imprecisa que permite que cualquier juez decida que cualquier acto fue cometido con esa finalidad –¿cómo se define qué aterroriza a una población? ¿cómo se sabe cuándo una población está aterrorizada? ¿cómo se juzga una intención?– y doblar la pena. El gobierno dice que lo hizo para contener los “golpes de mercado”; está claro que se puede usar para tantas otras cosas. Aunque hayan agregado al final un párrafo que dice que esas agravantes “no se aplicarán cuando el o los hechos de que se traten tuvieren lugar en ocasión del ejercicio de derechos humanos y/o sociales o de cualquier otro derecho constitucional”. Roberto Gargarella, jurista reconocido, lo comentaba en una entrevista
–Ese agregado que dice “salvo que usted esté haciendo ejercicio de un derecho legítimo” es risible: un juez tarda diez segundos o menos para descartarlo. Un juez puede decir: “por supuesto esto nunca se podrá invocar si usted está haciendo uso legítimo de un derecho; ahora, usted está cortando una calle, cortar la calle no es hacer un uso legítimo de un derecho, ergo, usted es un terrorista”. Ese aclarado es algo que los diputados con vocación progresista se han querido dar a sí mismos para justificarse ya que estaban mostrando su peor cara.
Los “diputados (kirchneristas) con vocación progresista” votaron la ley como un solo hombrecito y sin chistar. Pero si obedecer es una forma de servilismo, a veces es más servil cierta manera del disenso: leve, tibia, para que después no digan que no lo dije. Así, Hebe de Bonafini cuando declaró que el gobierno debería “revisar un poquito” la ley, o los legisladores kirchneristas en la ciudad susurrando que "ojalá la presidenta derogue” lo que acababa de promulgar, o el director de la Biblioteca Nacional Horacio González comprendiendo “los motivos que llevaron a que se elabore la ley, pero su nombre y muchos de sus fundamentos sería bueno que en otra ocasión parlamentaria pueda ser revisto”. Y tratando de hablar de otra cosa y olvidar el sapo calentito. Que rompe con –por lo menos– tres bases del discurso oficial:
La primera es que este gobierno no acepta presiones de organismos internacionales. Porque, como repitió el juez de la Suprema Corte Raúl Zaffaroni  –y reconocieron muchos otros– la ley fue un pedido de un organismo internacional de segunda categoría, el Grupo de Acción Financiera Internacional, GAFI. “El GAFI es un organismo que se toma atribuciones que no tiene y extorsiona a nuestro país. Su objetivo no es evitar el lavado ni prevenir el terrorismo, sino controlar el movimiento financiero”, dijo el juez. Y los rumores –siempre los rumores– insistían en que la ley fue una condición que los Estados Unidos pusieron para mantener a la Argentina en el G-20, gran tribuna para que la presidenta vaya a dar lecciones de audaz autonomía.
La segunda, que este gobierno no agita el espantajo del terrorismo porque eso es lo que hacía la dictadura. Porque, como decía en un artículo tuitero el filósofo Eduardo Grüner, hay que atreverse a usar una palabra como “terrorismo” en un país con la historia que tiene la Argentina. “La enorme ironía –habría que decir, más bien, sarcasmo– es que este gobierno, que se precia con razón de haber impulsado tantos juicios por crímenes de lesa humanidad, sólo había empleado el término ‘terrorismo’ para hablar del terrorismo de Estado. Habría mucho que decir sobre esta verdadera perversión lingüística que viene a sumarse a la legal, invirtiendo el uso de palabras ‘sagradas’: hasta ahora, los “terroristas” eran ellos (Videla y compañía); ahora podemos serlo también nosotros, casi cualquiera”.
La tercera, que este gobierno no reprime la protesta social. Porque lo viene haciendo, a través de las administraciones provinciales, sin piedad y sin descanso, pero esta ley lo pone negro sobre blanco en el Boletín Oficial. Por eso es casi un chiste cuando políticos oficialistas –como Estela de Carlotto, Abuela de Plaza de Mayo– dicen que es cierto, que en manos de un "próximo gobierno represor" esta ley podría ser terrible; los que han contado la cantidad de muertos en protestas sociales que hubo en el último año piensan que éste ya lo es, y que esta ley les va a facilitar las cosas.
Es un nuevo instrumento, un modo de legitimar: ahora cualquier juez puede decidir que un muchacho detenido por cortar una calle y quemar unas gomas estaba tratando de aterrorizar a la población o, peor, de “obligar a las autoridades” a –digamos– aumentar sueldos, y meterlo en la cárcel unos años. La torta se achica y vienen tiempos de ajustes, de pelea social. El jueves pasado la capital de Santa Cruz, la provincia de los Kirchner, estaba ocupada por empleados públicos que protestaban contra el recorte de jubilaciones; la presidenta tuvo que retrasar su vuelta a casa. El mismo jueves Carlos Soria, ex jefe del Servicio de Inteligencia del Estado y nuevo gobernador de otra provincia patagónica, Río Negro, hizo aprobar una ley que pasó a disponibilidad a la mitad de los empleados públicos. (Y este domingo 1 de enero amaneció con un tiro en el ojo: la versión oficial dice que fue un "accidente doméstico"). Hubo medidas parecidas –recortes, no tiros en los ojos– en Chubut, Neuquén, Chaco, Catamarca, Mendoza, Córdoba. Y seguramente serán parecidamente resistidas. Entonces, para poner un freno a los que pidan, los jueces podrán usar la Ley Antiterrorista que acaba de votar el kirchnerismo para profundizar el modelo, para ahondar su estirpe nacional y popular: para dejar caer ciertas caretas.

lunes, 9 de enero de 2012

Volver a mí

Volver a mí.

A escribir y a sentir, con afectos y defectos, con sus haberes y sus efectos. Así volver; crudo y ríspido, como un acontecer desganado de ser quien no se quiere, pero indefectiblemente, se es. 

El cuerpo que muta por el arte de la emulación se presiona pero se olvida y anda por los caminos del tiempo, dejando atrás horas de imposición y dándole lugar a un inmediato de hastío. Claro, qué disfrute ni que hostias, el aquí y el ahora, usualmente, es hastío, caca y hediondo olor a pescadería de la vuelta.

Está herrumbrado el arcón de los recuerdos; ya muy lejano el devenir de la nueva vida que se esconde tras las columnas del viejo salón jugando unas escondidas que solo ella quiere jugar.

-¡Pica!-, le grito intuyéndome vencedor, y corro para ganarle. Pero no hay forma. Ella siempre se las ingenia para llegar con ventaja.

Es que la vida, tanto como la muerte, son astutas por naturaleza, primeras siempre, o últimas si les conviene. Se esconden en el pasado y te llaman desde el baúl de vieja madera al que algunos tontos han bautizado nostalgia. Otras, desde el futuro se asoman picarescas y te tientan con zanahorias frente a tus narices, jugando el juego que locas llaman gula, y tontas, ambición.

En el medio, allí, ahí mismo anda la verdadera vida –y la verdadera muerte–, camiando a tu lado, viendo como perdés experiencias (aunque no el tiempo, porque claro tienen que el tiempo no se pierde, sino que se transforma y se repite) jugando estupideces con los dobles que te han montado. Y que te creíste (y que me creí).

Pero ahí ando, así sigo, mirándome al espejo estos bobos ojos negros, leyéndome las manos con la tarotista de Pedernera, y extrañando las borras del café del bar de los gordos crotos.




domingo, 8 de enero de 2012

El SIDA y el poder del "gancho"

Entre la vida y la muerte, sólo hay 0,003mm de látex.

Las campañas informativas sobre temas difíciles de comunicar están empezando a entender la lógica del "gancho"* para lograr efectos masivos. ¿Qué les parece esta propaganda contra el SIDA?


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* En su best-seller "The Tipping Point", Malcom Gladwell desarrolla tres factores claves para la expansión de luna epidemia comunicacional. Así define a los "conectores" o vendedores natos, al factor del "gancho", inherente al mensaje, y al poder del contexto. El gancho debe resultar memorable y provocar un cambio de conducta o incitar a la acción; pero en este caso, al tratarse de una campaña informativa, lo segundo está implícito en el pedido tácito de la difusión. ¿A ustedes qué impresión les deja?


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Actualización:


Un excompañero de aventura, Pablo Villareal, me hizo llegar otra campaña, bastante controversial por cierto -por si esto les parecía poco-. Saquen sus propias conclusiones, en función de si cumple o no el mensaje. Agrego un comentario que me hizo, muy pertinente, al respecto de la estigmatización del portador en la que se cae cuando las campañas enfocan al "malo" en la persona que contagia. Sin embargo, no encuentro cómo estigmatizar un virus invisible sin caer en explicaciones teóricas incomunicables y lejos de lograr el efecto deseado para una campaña de concientización. Los comentarios están abiertos para quien quiera plantear soluciones, percepciones, etcétera.

Con ustedes, la campaña alemana:

El SIDA es un asesino en masa

viernes, 6 de enero de 2012

Universos islas

"Vivimos juntos y actuamos y reaccionamos los unos sobre los otros, pero siempre, en todas las circunstancias, estamos solos. Los mártires entran en el circo tomados de la mano, pero son crucificados aisladamente. Abrazados, los amantes tratan desesperadamente de fusionar sus aislados éxtasis en una sola autotrascendencia, pero es en vano. Por su misma naturaleza, cada espíritu con una encarnación está condenado a padecer y gozar en la soledad. Las sensaciones, los sentimientos, las intuiciones, imaginaciones y fantasías son siempre cosas privadas y, salvo por medio de símbolos y de segunda mano, incomunicables. Podemos formar un fondo común de información sobre experiencias, pero no de las experiencias mismas. De la familia de la nación, cada grupo humano es una sociedad de universos islas.

Las puertas de la percepción
Aldous Huxley

Vuelvo

La noche pasó de largo. Ni los relojes, ni las cortinas advirtieron la constancia casi muda e inhallable del segundero. Tarde ya para la película que quisimos ver; tarde más, para despertarla. Los árboles, inmóviles. La muchacha de enfrente se me desnuda en la ventana, regalando una silueta a contraluz antes de cerrar la cortina y perderse de la noche. En mi boca, resabios del pollo al horno y la ensalada de jabón. Ese que lava la sangre y contamina menos que un gramo de aurífera codicia, trabada allí en las adyacencias del cerro diabólico -pernicioso él, por el sólo hecho de ser-. El parlante devuelve al Piscis de un nueve en sintonía, la nostalgia y los recuerdos. Luces bajas, no-ganas de un café en jarrito. Antes, cerrar el ciclo. Vuelvo. Un volver que vuelve a volver y no vuelve para quedarse, sino que vuelve a seguir volviendo. Volver a herir la belleza del mundo, simplificándola en torpes tipeos y virtuales renglones. Mejor me voy a la cama, a ver si vuelven los Reyes y me encuentran volviendo.


sábado, 24 de diciembre de 2011

Las otras navidades


Si el infierno tiene sucursales, está claro que el Alto Palermo un 23 de diciembre, último día hábil pre-navideño y en el preludio de la “Noche de los Shoppings”, es la más concurrida y fiel a lo que éste será por ahí abajo.

Como en un clericó preparado para acompañar el pan dulce y los mantecoles, gente de todas edades, estratos, colores y presupuestos, compraban a último momento, faltos de previsión o de tiempo, algo para sus seres queridos que ni se imaginan la locura a la que han sometido a los suyos.

Esos seres rojitos, medio enanos pero crecidos por magia del shopping, que interpretaban loas navideñas, villancicos y otras canciones, cada tanto metían un vuvucelazo ensordecedor y gritaban por un megáfono que comenzaba el 30% de descuento en Rapsodia. Se desataba la locura. Me sentía en “Mi pobre angelito”, no sé por qué, pero algo me llevó a sentir extra o protagonista de una película hollywoodense. “¡Tres, dos, uno… Nos vamos de Rapsodia!”, y seguían “¡Ahora el 25% en Etiqueta Negra! Vengan los hombres; vamos que hay 25% de descuento para todos ahora en Etiqueta…”. Pánico y locura en Palermo.

Todo giraba, ya de Hollywood pasaba a estar inmerso en una de Kubrick, los sonidos me aturdían, las luces me encandilaban, la gente me enervaba. Es sorprendente lo que la imitación de costumbres anglosajonas, las peores, pueden traernos a estas tierras; pero ojo, todo endosado por el Gobierno Nacional y sus feriados del consumo eterno. “Para consumir hay que tener tiempo”, me susurran al oído, y claro que es así. Nada de viajes, nada de días libres, nada de terminar el libro que habíamos comenzado y el trajín de la rutina no nos dejaba terminar; no no, es fe-ria-do, ¡a com-prar!

Ese tipo de gente, la gente de shopping, es extrañísima. Me recordó un poco a Londres y otro poco al Mercado Central. Somos una mezcla divina de torpe estilo exhibicionista con berretada de Narciso. Gente que parecía recién bajada del escenario, otros a punto de subir, muchos que tendrían –seguro– sus asistentes de vestuario, sus personal-trainers, sus vidas tan imperfectas como todas, aunque mucho más lindas; y hasta algún que otro empleado más para mantener toda la vidriera a tono. Entre este menjunje amorfo no puedo identificar figura alguna que se destaque, no tengo historia que contarles, más que mi generalista impresión de la masa idiotizada y lista para el show en la vidriera al estima del prójimo, tan objeto-comprador como objeto-comprado.

Salgo, media cuadra hasta la esquina y miro. Empiezan a aparecer otras navidades.

Junto al cesto de basura de Coronel Díaz y Santa Fe, un hombre vestido sólo con una bolsa de residuos negra, a modo de túnica real, barba larga y prolijo cabello negro, saca un vaso con restos de Coca-Cola, huele y mezcla con el resto de café Starbucks que tenía en la otra mano y que habría encontrado hace instantes en algún cesto anterior.

Para algunos, "Papá Noel" se fue de vacaciones
Se ve espléndido; como muchos de ustedes, culpables como yo, se verán esta noche al lado del árbol y sus regalos, del pesebre y el nacimiento de la esperanza. Ingiere ese cóctel letal, suicida, y sonríe como si hubiese encontrado la fórmula perfecta entre el Latte y la Coca. Se siente observado, camina entre la gente y viene atrás mío. Repite la búsqueda pero esta vez no encuentra nada. Sigue su marcha. Creo que él no era el hijo de Dios, no me tomé el tiempo para preguntarle.

En la otra cuadra, una pequeña librería me llama la atención. Entro. “Montoneros: la soberbia armada” me pega un grito y me dice que es un gran regalo de navidad para mí mismo. Pienso dos veces cuánto me va a costar conocer la versión de Giussani –Pablo; al respecto, ¿alguien sabe si es el padre de Laura, o algún familiar?– al respecto de un pasado tan vigente como pocos, aunque es tan sólo una trampa de la razón para demorar algo que indefectiblemente iba a ocurrir.

Mientras espero que otros hombres compren sus libros, veo paradito, ahí como si nadie lo notara, perdido entre las montañas de otras historias, el libro de Jon Krakauer que siempre había querido conseguir: “Hacia rutas salvajes”. Sí, dos meses de la vida de Chris McCandless hechos papel, minuciosa investigación periodística convertida en novela y absolutamente apasionada sobre un destino tan mortal como el resto, pero con una búsqueda que lo hace único. Lo agarro, pregunto el precio de ambos –¿por qué?– y los llevo. El hombre de al lado apenas susurra “qué buen libro”, cuando la novela de Krakauer se le asoma, y me da otro vendaval de aire fresco, otra Sudestada lejos ya del Katrina yankee de hace dos cuadras. 

La empleada le pregunta: “¿Usted es Mauro Fernández?”, a lo que interrumpo y doy la negativa, afirmando que ése soy yo. Dos segundos después, pensé en las trampas del destino y en mi inequívoca respuesta, como si Fernández fuese un apellido poco común y Mauro “mí” nombre y de nadie más. Le comento esto a mi compañero de fila, ríe, asiente, y emula un encuentro de tocayos absolutos. Le dan los libros al Mauro Fernández que no soy yo –ni él–, y al mismo tiempo que da la media vuelta de regreso a Santa Fe, me dice: “Chau, Mauro. Feliz Navidad”. Feliz del encuentro, compro uno más, ahora de Walsh, “El violento oficio de escribir”, esta vez para regalar, y dejo ese salón de bellos encuentros en la memoria.

Ya en la calle, y ya entrada la noche, me encuentro cada tanto con aquel yo que no soy yo y nos ignoramos, como por regla matemática, sabiendo que todo estaba ya dicho; cualquier otra palabra arruinaría la nada que habíamos construído. 

Me siento en la puerta de otra librería, en la cuadra siguiente –a tres de la mejor sucursal del averno que ya para estos tiempos habría recibido centenares de nuevos fieles–, y empiezo a leer la historia tantas veces vista de McCandless –ese nombre que me remite siempre a vela apagada, a luz extinta, a Candle-less–.

Apenas en la página 16, un muchacho interrumpe mi lectura y me saluda, pidiendo perdón por lo primero. “¿Qué estás leyendo?”, pregunta mientras se pone en cuclillas al lado mío. Cierro el libro y le muestro la tapa, mudo y expectante, con cierto desdén aburguesado a la espera del pedido de plata, un pucho, o la oferta de vender algún ácido extraño. Nada de eso ocurrirá.

El muchacho, un pibe como vos o como yo, luego de buscar un rato en su bolso, saca una hoja de papel escrita y pregunta si puede regalarme una historia. “Sí, claro”, le digo ya con los ojos iluminados y declarándome culpable por las nubes sobre mis sentimientos. “Bueno, muchas gracias, ¿fuego no tenés, no?”, pregunta. “No, no fumo, disculpá”, respondo, y me extiende la mano para saludarme. Le agradezco nuevamente, y le pregunto su nombre. “Alejandro”, sin precisar nada y vuelve a intentar perderse entre la multitud. Lo interrumpo: “¿No tenés algún lugar donde pueda encontrar más escritos tuyos, o algo? Algo en internet, no sé…”. Alejandro responde, tan preciso como la muerte: “No, por ahora nada, pero capaz algún día me haga un Facebook o algo; Alejandro Benítez es mi nombre, por si algún día me lo hago”, con el mismo vicio que yo de pensar que sólo hay un Alejandro Benítez sobre la faz de la tierra o del Facebook, que a esta altura, ya casi es lo mismo.

Así Alejandro se perdía y me dejaba ahí con su historia llena de amor, de abrazos, de ganas de encontrar, de lástima de no saber, y de robarle una sonrisa al destinatario de sus palabras, bajo el título a modo de carta, “cómo escribirle al vino”. Un enigmático número ocho se imprime en los márgenes izquierdos, superior e inferior. Un disparo al corazón que estalla dentro mío como bomba de racimo, pero con plumas y cantares, con otros aires, con buenos aires y tantos otros no-lugares. Me dejó maravillado y tuve que dejar ahí las páginas de Krakauer que retomaría recién hoy, para seguir sorprendiéndome con lo que Sean Penn no contó en su película.

Volví en el 39, pensando absorto en todas las navidades que andan por ahí vagando sin que uno se dé cuenta. Ví una de estrés pre-traumático a los gritos y corridas en el shopping que fue calvario, una de soledades y bebidas que ni asoman a la sidra Real que muchos hoy despreciaremos, una de encuentros, sonrisas y tocayeces, y una más del regalo más lindo que tiene la navidad: lo inesperado, el tiempo y la tinta, el animarse, el “disculpá que te interrumpa”, y la incógnita de un Benítez que ni aunque se haga el Facebook volveré a encontrar. Y mientras escribía estas reflexiones, me encuentro con una más; con una compañera de La Rioja, integrante “líder” de las listas negras de las mineras más poderosas que operan en el país –literalmente, aunque resulte increíble–, que actualizaba su estado de Facebook con las siguientes palabras:

“Estaba pensando que las Fiestas se convierten en momentos de estrés cuando el centro de atención lo depositamos en la comida, los regalos, o en tener que compartir con gente con la que no tenemos ganas de hacerlo. Sería bueno disfrutarlas haciendo lo que nos gusta y no lo que nos imponen por costumbre!! Declararse vivo, tiene que ver con sacarnos las máscaras y ser auténticos aunque a los demás no les guste!!! Salud para todos y atrevámonos a buscar día a día la felicidad!!!!!! La VIDA espera por nosotros!!!”

Te tomo prestada las palabras, Carina, y me voy a vivir mi navidad, a conciencia de todas esas otras, mucho más lindas, mucho más frías, mucho más hipócritas, mucho más reales, o mucho más lo que sea. Sean felices, y si el pie del árbol no les tiene preparada ninguna sorpresa, reciban un abrazo cálido desde este punto del mundo que, por insignificante e increíble que parezca, ustedes ya me lo han dado por el simple hecho de existir.