viernes, 22 de enero de 2010

CDXXXVII: A dormir

Que pase el tiempo
todo el tiempo.
Que se extinga de inmediato,
y por completo.
Y así nos libre, su piedad,
de la condena constante de la expectación. 

Que se ahogue en un vaso de whisky,
o me encuentre en un callejón solitario.
Que los medios no lleguen jamás;
que el adiós sea sincero y puro,
como fue mi vida mientras fue,
como lo es ahora, este después.

Dormir es tan parecido.
Perder el tiempo, o ganarlo.
Lágrimas dulces y vanas.
Sueños y pesadillas, difumadas al despertar.

Sin ganas, ni palabras, ni ganas, ni nada;
de seguir escribiendo. Hoy.
Duermo...

jueves, 21 de enero de 2010

CDXXXVI: Pasaje hacia los anillos de Saturno

Ella le pidió que doblase en la esquina y detuviera el coche en algún portón poco transitado. Sin reparos, obedeció. Aminoró la velocidad a paso de hombre y rozando el cordón diestro de esa calle siniestra, detuvo la marcha. Cruzaron una mirada desbordante de dudas e impertinencias, mientras su deseo ya naufragaba mar adentro del celeste de sus ojos. En un rapto de salvajismo, sintió la pasión hacerse verso. Dejá florecer la lujuria engayolada que te carcome esa moral, tan ajena; le dijo, penetrando sus ojos con firmeza. Hacé carne tus palabras impúdicas y efervescentes en la euforia de la noche; tomá las riendas de nuestro destino y violame despiadadamente en el asiento de atrás.

El aire lascivo cortaba como una navaja recién afilada y sus ojos de cielo comenzaban a arder en el fuego del infierno. Mordiéndose fuertemente el labio inferior, sus pechos aterrizaron con vehemencia sobre los latidos de su víctima conciente, mientras los labios desquiciados le inundaban la yugular. Su mano derecha, como por arte de magia, ya había desabotonado el vaquero y apretaba con estricta rigidez todo intento de virilidad que esgrimiese su amante, su víctima, su contrincante. Lo aventó en el asiento trasero, ya con las caderas desnudas, y corriendo la pollera se fregó, húmeda y latente, contra su olfato y su lengua. Una señora que volvía de la tienda, vio el auto inquieto, tambaleándose como epiléptico en plena calle y giró la vista. Para entonces, ella le arrancaba mechones de pelo y clavaba como una vampiresa sus colmillos en el cuello húmedo de aquel ser rígido, casi inerte que la penetraba una vez tras otra, precipitadamente, subyugado por el repiquetear hostil de sus caderas. Los gritos se oían en perfecta sintonía con los saltos del automóvil, y el celo vigoroso de la pasión, despertaba la envidia del letargo ajeno y vecino, que cerraba las persianas de sus casas de familia ante semejante espectáculo -del que jamás, y lo sabían con vana resignación, serían protagonistas-.

Las respiraciones apresuradas se hacían una, y él comenzó a apretarle duramente las muñecas, a clavarle las uñas, a desangrarla. Pero no había caso, ella no estaba allí. Ya había viajado a los anillos de Saturno, mientras él le inyectaba el semen de sus pasiones, del desenfreno y su famélica lascivia, sembrándola de vida sin percibirlo.

Sus espíritus se fundieron en la dimensión quinta, danzando un vals estrambótico y tiritante, con sus sexos imantados y agonizantes. Sólo lo inexacto de las agujas de un tiempo tan infiel como objetivo, pudo imaginar si el gallo cantó tres veces, o el alba los aguardaba; para entonces, la madeja de sus blondos cabellos y la sangre coagulada de los rasguños febriles, retrataban el vestigio perfecto de lo que jamás existió. De un pasado ya incomprobable, obsoleto e irrepetible, que se inscribía en la biografía no autorizada de dos prójimos, extraños.

Doblá media cuadra a la derecha y dejame. Gracias, nos vemos; y pegó el portazo. Ah, dijo volviendo sobre sus pasos, no me llames. Asintió con un suave gesto, puso primera y se perdió por la avenida más larga del planeta.

CDXXXV: La sonrisa de la libertad

Más lo pienso y más lo siento; que la sonrisa tiene un precio y el precio, perderlo todo. La libertad de ser uno y nada más que sus libertades. Se trata de tener, claro; pero de tener menos. Y sentirlo como una extremidad más, tan propia que a veces duela y se desangre, para después cicatrizar.

CDXXXIV: Falta y resto

Lo que faltó, por Ismael:


Versión maraca. En vivo, con Pereza, fue una demostración de ROCK!

miércoles, 20 de enero de 2010

CDXXXIII: Sabina


Sabina me agarra mal parado, en una pata sobre un mar de arenas movedizas. No entregado, pero hundiéndome, irremediable. Sin saldar la deuda con ella, y que el otro Joaquín –ese de 2006- nos haya tomado a 400 kilómetros de distancia. Y que la lluvia torrencial que soportamos ajenos, sea el único nexo en el vozarrón vivo del mártir de Úbeda y sus vicios. Hoy, sin lluvia, cuatro años más tarde, lo lloro solo. Cosas de la vida, elecciones y no tanto... ¿Y si amanece por fin?

martes, 19 de enero de 2010

CDXXXII: Marqués de Sade

"Ser cortés, honrado, orgulloso sin arrogancia, solícito sin palabras insulsas; satisfacer con frecuencia las pequeñas voluntades cuando no nos perjudican, ni a nosotros ni a nadie; vivir bien, divertirse sin arruinarse ni perder la cabeza; pocos amigos, quizá porque no existe ninguno verdaderamente sincero y que no me sacrificara veinte veces si entrara en juego el más ligero interés por su parte." (20 años)

"Los días, que en un matrimonio por conveniencia sólo traen consigo espinas, hubieran dejado que se abrieran rosas de primavera. Cómo hubiese recogido esos días que ahora aborrezco. De la mano de la felicidad se hubieran desvanecido demasiado deprisa. Los años más largos de mi vida no tendrían suficiente para ponderar mi amor. En veneración continua me arrodillaría a los pies de mi mujer y las cadenas de la obligación, siempre recubiertas de amor, habrían significado para mi corazón arrebatado sólo grados de felicidad. ¡Vana ilusión! ¡Sueño demasiado sublime!"

Donatien Alphonse François de Sade

CDXXXI: Los océanos

¿Y qué si los dos tenemos razón? ¿Qué ganaríamos esta vez? ¿Confirmamos nuestra teoría de la no razón y el impulso? ¿Y para qué? ¿Y qué si la única razón la tuvo siempre alguien más? ¿Y qué si en lo más profundo de tu ser me sentís amigo, y no te crees el viaje, el reloj de arena tapado, la vida compartida; disoñando, volando? ¿Y qué si me duele, y me desvanezco, de la forma que fuere? ¿Si no somos ni eternos, ni amigos, ni amantes, ni nada? ¿Si la historia de amor más pura, termina perdida en un agujero vacuo de irrealidad; en un no momento constante? ¿Entonces qué? El error… nada grave, algo más. Una lágrima en el océano cruel del mundo. Intrascendente. Cómplice.

lunes, 18 de enero de 2010

CDXXX: Los Abrazos Rotos


"Dos amantes se abrazan en un punto a parte de aquella playa apartada del mundo, de arenas negras la playa, negras, de luto (¿sabrán esas arenas lo que pronto ocurrirá, o es que ya vienen tristes, en duelo desde antes de la eternidad?), cenizas de una erupción antigua, olvidada. El cielo se iluminó en un estallido hace ya tantos años. Y estos dos seres hermosos (los que se aman siempre tienen algo de belleza inaudita, avasalladora, de pureza exaltada, inmaculados en el instante inamovible del abrazo y del silencio), ellos dos, sólo ellos dos, tienen algo de aquella pareja que yaciera unida en un abrazo final, de muerte, bajo las cenizas ardientes del Vesubio, abrazados en un momento de terror supremo, congelado para siempre. Sólo el amor los salvaría: fallecer, desfallecer en los brazos del ser amado. [...] Dos amantes se abrazan para vencer a la muerte."

Texto completo, acá.

viernes, 15 de enero de 2010

lunes, 11 de enero de 2010

CDXXVIII: Descripción

No me gusta despertarme temprano.
No puedo llevar un diario.
No tengo constancia con nimiedades.
No puedo empezar nada sin la nostalgia hacia adelante de saberlo perecedero.
No creo en el lenguaje como manifestación de la realidad.
Creo en la polisemia de las verdades absolutas.
Creo, por consecuente, en las perspectivas absolutas.
Creo en la existencia cíclica y el orden pretérito del cosmos.
No creo en las casualidades.
Creo fervientemente en las causalidades.
No me importan las causas.
Me importa ser testigo presencial de sus epifanías.
Sé que la muerte está más cerca de lo que muchos piensan.
Aborrezco el letargo.
Creo en la revolución.
Creo en el amor.
Amo en secreto.
Disiento con las reglas estructurales del orden establecido.
Me duele amar en secreto por las reglas estructurales del orden establecido.
Estoy acompañado.
Estoy solo.
Busco mi soledad.
Me busco a mi mismo.
La busco a ella, porque es lo más parecido a la muerte.
Creo en la muerte como una deidad purificadora, única.
Un viaje de vuelta a la raíz del ser profundo.
Creo en la magia y creo en la realidad.
Creo en las encrucijadas del destino, morada invariable de la ilusión imprevista; de las historias.
Creo en las historias inenarrables, inefables de la pasión del encuentro.
No creo en los datos, cuantías, ni mucho menos en las estadísticas.
Creo en la construcción de un hogar donde alimentar al alma para seguir caminando.
Creo en la trinchera del amor eterno y la revolución constante.
Creo en la desgarradora distorsión de una Les Paul pluggueada a un JCM900.
Creo que una nota puede cambiar el mundo.
No dejo de caminar un segundo hacia lo que siento.
Siento que las acciones son manifestaciones de una búsqueda interna, simétrica y perfecta en el programa del Caos.
No creo en nadie. Ni en mi mismo.
Creo en una imprimación expectante ante el advenimiento de los grises; de sangre y de sombras.
Creo en la inmortalidad, y en las historias mínimas.
Quiero trascender mi condición de hombre.
Quiero sentirme parte de la anarquía que se rebele ante el orden del Caos.
Quiero ser la daga ensangrentada que se clavó en mis pulsaciones.
Quiero ser el respiro ausente de otros tiempos; el claustro sombrío del Averno.
Me veo muerto en el Río de La Plata.
Me sé muerto. No lo niego.
La siento tanto y tan profundo, porque cruzamos juntos las aguas del Aqueronte.
Me caigo a cada rato. Me levanto otros tantos.
El tango bajo el sol me hace sentir de vacaciones.
El progreso y la carrera, no contribuyen a mi búsqueda.
La ciclotimia y la condicionalidad del amor compartido, me vuela hasta en sus silencios.
Creo en el amor ideal. En el amor sin hastíos, sin peros.
Creo en la aceptación y el compañerismo.
No creo en la hipocresía de seguir sobreviviendo.
Carezco del sentido del acostumbramiento.
Amo el perfil de su mirada perdida en el horizonte.
Amo su mirada clavada en mí, sabiéndome tamiz momentáneo hacia otro de sus horizontes.
No entiendo el mañana, ni lo veo posible.
Siempre vuelvo tras mis pasos, dejando una lágrima en cada huella.
Creo en la poesía, pero hoy no es el día de los tecnicismos literarios .
Hoy creo en describirme amorfo y volátil para ver si me reflejo frente al espejo de las aguas turbias.
No sé como sigue la historia.
No tengo certezas siquiera de que la historia siga, irremediable.
Sólo el alba y aquel día, en que el Sol no asome tras los párpados del mundo.
En que se amalgamen las historias en la urdimbre de la potencialidad.
Tejiendo así la manta que cobije un hombre nuevo, merecido y nuestro.