martes, 13 de abril de 2010

DIX: Ridin' on the rain...


Amo mi bicicleta. Odio que se me haya pegado el "amo" como calificativo para ciertas cosas que simplemente me gustan -me lo sacaré con el tiempo-, pero a la bici, al menos hoy, la amo con el alma. Más pero casi como a la lluvia que lava de todo, a la mugre que me quedó pegada en la remera y a Planxty con sus irish folk sounds. Hoy viajé. No estuve acá ni allá. En otro lado. Saqué prejuicios, expectativas, pensamientos y simplemente pedaleé bajo la lluvia. Se me venía ella a la cabeza, y me encanta que se me venga, porque no entiendo. No sé por qué se me viene, ni por qué me encanta cuando está y cuando no. Por que quiero que esté y que pedalee conmigo. Una vez me preguntó destino y no supe contestarle. Hoy no podría y mañana seguramente tampoco. Sólo sé que quiero que pedaleemos un rato. Bajo la lluvia es mejor, no hay como esos besos cansados bajo el cielo gris y los baches que nadie arregla como chiste maligno de la desgracia ajena. Estoy  sucio, pero lavado. Estoy que siento y que quiero. Estoy sintiendo ese twinkle para seguir alumbrándome cuando me pregunte a dónde ir. Estoy empezando andar bajo la lluvia...

DVIII: Twinkle twinkle little star...

lunes, 12 de abril de 2010

DVII: Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj.

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar
Historias de Cronopios y de Famas

DVI: Caminando entre la urdimbre.

Alejandro Abt

Caminando por la calle uno se encuentra con todo tipo de gente. Está ese de pecho inflado, hombros robustos y severa seguridad en cada gesto. Ese que tiene la certeza impermeable de que tiene todo bajo control, la vida sobre rieles y siempre te canta la justa. Caminando te cruzás también con el inseguro, quizás bajo unas gafas de marco negro y exageradamente grandes, tal vez un poco pelado, rellenito, que vivió la vida como él quería pero no se amoldó a los estándares y hoy que quiere, no puede -y le duele-, pero se conforma sabiendo que no hay vuelta atrás. También está el anti, el rebelde. Ese que puede hacerlo desde una sonrisa o desde el resentimiento, el clown y el punk. Todos ellos, a su vez, amados, amantes, drogadictos, borrachos, felices, amigos, distantes, hijos, hermanos y padres. Varios, bastante hijos de puta. Cada uno comprando su visa a la tolerancia que se da a pagar en cuotas eternas de felicidad. Caminando por la calle, entre las sombras que proyectan los edificios, bajo los nefastos avisos publicitarios que tapan el sol y el horizonte y entre la jauría hambrienta que cree que le dan de comer de la mano cuando en realidad es víctima de su propia carnada, nos perdemos momentos de paz. Compramos una cosa. Una sola. En cuotas. Y subsistimos. Así envejecemos, con esa compra tan hermosa que nos dio una razón para vivir. Al menos una. No vale de nada vivir la eternidad girando sobre engranajes ajenos que sabemos equivocados. No vale nada seguir caminando un camino seguro que no se disfruta, aunque lleve a un futuro más certero. No vale tampoco quedarse al márgen de compartir la felicidad con otros. Pero tampoco no alcanzarla o perderla en cuotas por esa sola atadura al mundo de la hipocresía. Happiness only real when shared.

sábado, 10 de abril de 2010

DIV: Errare humanum est.

A veces el mundo se hace diáfano, aclara el cristal empañado en una infinita tertulia de polvo y estrellas. La vacuidad como emblema, y la razón perdida como implicancia. Pasiones al extremo, pero con paso asustado. Ni el disfrute pleno. Semana de búsqueda, de avistamiento de nuevos horizontes, bien alejados de mi tierra firme que tanto parece estar tragándome. Me aferraré a la muerte sólo si es el mejor pasaje, encenderé la mecha del día en el andar de nuestros pasos, nuestros errores. Nada completa. Nada que tomar, nada que fumar, nada que coger. Nada que decir. Nada. Corren tiempos de telón. Que cierre la función definitiva, o que inicie una nueva algarabía. Errare humanum est. Todos metimos la pata en el tarro de mierda cientos de veces. En el nuestro, en el de nuestros valores. Y es horrible. Casi tanto como la incapacidad de sentir otra vez. ¿Qué opacó mi sensor pasional? Mami, te amo. 

jueves, 8 de abril de 2010

DIII: John Butler Trio, Ocean

DII: Hablemos de amistad


Un amigo está ahí. Un amigo está. Otro amigo, ahí. Terminología abstracta, lejana y difusa como el polvillo de la grava recorrida que le llueve al cielo. Un amigo está ahí, y yo no supe sentirlo. Charlie no supo sentir ni decir papá, así que no me preocupo. Pero al final, el papá está. Y el amigo está. Ahí o acá, pero que lindo es que esté. Los tiempos y respetos, la empatía de vibrar en la misma frecuencia, en syncro, a un tempo congruente y consistente, aunque tan cambiante que no haya melodía capaz de soportarlo. Amistades de botellas vacías y vasos medio llenos. De atardeceres y amaneceres, y de noches acompañándose en la ruta. Fieles. Un amigo está ahí, otro acá, y uno desconocido hace dedo buscando tránsito más que destino:

-¿A dónde vas?.
-A la tierra inalcanzable, pero voy y voy con vos.
-¿A cumplir tus sueños?
-A soñar mis sueños.
-¿Para descansar de la rutina?
-Para soñar mis sueños.
-¿Y nada más? ¿Y de pensás vivir?
-Con qué -dijo, enfatizando el con-, querrás preguntar en todo caso... Y respondete fácil mirándote al espejo.
-Pero de un amigo no se vive.
-Ni tampoco del dinero, ni la materialidad.
-No, pero al menos tenés la libertad de hacer cosas; viajar, comer afuera, ir al cine...
-Tenés la responsabilidad -lo interrumpe-, de su cuidado, su administración, y de convertirte en el esclavo de tus posesiones.
-Y sin nada no tenés la libertad de tener todo lo que te dije antes.
-Tener, tener, tener... No se trata de tener, se trata de sentir. Y de estar. Y al fin y al cabo, mi amigo, acá estamos.
-Puede ser, qué se yo -dijo, dubitativo. Yo tomo la 3 acá hasta Paysandú, ¿querés seguir?
-Me bajo acá, me gusta el mar y el horizonte. La Interbalnearia es mi lugar inalcanzable. El tránsito es mi tránsito, y las aguas son mis aguas. Esas posesiones que no se tienen, que son. ¿Querés acompañarme?
-¿Y, pero sabés qué pasa?
-No se contesta una pregunta con otra pregunta, ¿querés venir?
-Si.
-Y vamos.
-¿A dónde?
-A la tierra inalcanzable, pero vamos. Y vamos juntos.

Y se fueron juntos, ni tan inmiscuidos en su propio vacío personal, ni tan atados a sus franqueables verdades. Juntos y agradecidos por haber encontrado alguien tan par y a la vez tan dispar, para compartir un rato junto al océano azul. Un amigo está ahí, otro acá, y aquel quién sabe.

martes, 6 de abril de 2010

DI: Hablen, tienen tres minutos.

Hablen, tiene tres minutos.

De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.

Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.

Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.

Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,

porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa.

Julio Cortázar
Salvo el Crepúsculo

lunes, 5 de abril de 2010

D: de descubrimiento



D. De de dedo. De de didascalia -de las palabras que conocí, una de las más bellas-. De que se bate a duelo frente a un espejo infiel, de de dar y de de propiedad. De de quinientos, de de dos mil y también de dos mil diez. El ámbar de un crepúsculo charrúa, fundiéndose con el alunecer contiguo del horizonte y la ruta sola. De de historias, de de Uruguay. Del otro lado del charco. Encandila el retorno del viajero empedernido, nubes de luz y polvo entorpecen la mirada y la vuelta a casa sobre el asfalto. La galaxia entera sobre nosotros, casi tan cierta como la certeza de que somos las hojas que abraza el aire y enaltece la Sudestada. Historias contadas con mate en mano y termo abajo del brazo. Aves migratorias brindando a su salud en el Roldós del Mercado, quebrando la tarde en un ahogo de Medio y Medio. De de mitos y de leyendas. De de desesperanza en una ciudad tan gris como esos días que uno omite en su biografía. De de Ismael susurrándote al oído. De de vuelta a casa y de de ganas. De de ganas de descubrirte.